Pigmalión, como es sabido, fue rey de Chipre. Las crónicas de aquella época narran que era un monarca desobligado con los asuntos de Estado. Prefería esculpir. En cuanto lograba deshacerse de las tareas de gobierno (todas llevadas a cabo con un total desgano) corría a su amplio taller y allí trabajaba con entusiasmo.
Personas tan distintas como los historiadores y los literatos coincidían en afirmar que la escultura le absorbía todo el tiempo; en consecuencia, el pueblo pagaba la devoción del rey al arte.
El abandono llegó a ser completo cuando Pigmalión, sintiendo que ninguna mujer lo merecía, decidió esculpir una mujer perfecta. Luego de un intenso trabajo de muchos meses, pudo concluirla. La vio, la acarició y se sintió irremisiblemente enamorado de su creación. Esto es más o menos normal entre los artistas, que de pronto se prendan de sus más acabadas obras.
Flaubert, por ejemplo, pasaba las noches pensando sexualmente en Emma Bovary y ninguna otra mujer le gustaba y algo parecido le ocurría a León Tolstoi, enamorado perdido como estaba de su Ana Karenina.
Pigmalión cada día le suprimía un pequeño defecto: mejoraba la sonrisa, los senos, el vientre, los muslos, hasta que Galatea (así la llamó) alcanzó, si esto es posible, la perfección.
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