—Págame el servicio contándome lo que sepas.
—Con mucho gusto. Ayer cerraron las ventanas antes que pudiera salir y me vi obligada a pasar la noche en el cuarto de Bartolomé Esteban.
—¿El niño que vive con sus padres en esta casita?
—El mismo.
—¿Qué hizo?
—Se acostó muy temprano y se durmió.
—¡Vaya unas noticias las que me das! exclamó la rosa.
—Al desnudarse se le cayeron algunas lagrimitas.
—¿Por qué lloraba?
—Francisco, el niño que vive en la casa inmediata, se estuvo burlando toda la tarde de él porque sus vestidos no son tan lujosos como los suyos. ¿Puedo beber?
—Sí, le contestó la rosa.
Una vez hubo saciado su sed, la mosca levantó el vuelo; y después de haber ido y venido, vuelto y revuelto, vio a Francisco asomado a la ventana y le picó en la oreja. El niño diose un fuerte golpe por coger la mosca, pero sólo logró pegarse un cachete, pues aquélla escapó diciéndose:
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