Al amanecer el mar le entró por la nariz y la boca, estremeciéndolo.
-¡Qué salado es, carajo!
Probó a mover los brazos y piernas y logró mantenerse en la superficie breves segundos, abarcando la espléndida visión del oleaje, de la espuma y de la costa verdinegra, que en una luz de ensueño se dibujaba a lo lejos.
Le parecía increíble saberse allí. ¿Cuántos años deseó entrar al mar, tentado del pueril afán de chapotear, de sumergirse en aquel ancho mundo que no cesaba de moverse? Inesperadamente se realizaba su deseo y él recibía emoción nueva a través de la piel curtida, de sus manos de guajiro que lo removían locamente.
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