Audiolibro Los dos pañuelos
El conde de Montesol penetró con su hija lsabela en el antepalco. Despojáronse de sus fastuosos abrigos de pieles que, al quedar colgados de las doradas perchas, semejaban en la penumbra fieras quiméricas, guardadoras de la pequeña entrada, y aparecieron en la platea, en la que tomaron asiento el uno frente al otro.
La condesita, con femenil coquetería, se arregló los rizos de su cabellera dorada, y descansó luego su enguantado brazo en el purpúreo antepecho, que parecía una gigantesca serpiente roja tendida al borde de los palcos.

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