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		<title>Un cuento de reyes</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Mar 2025 09:41:07 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El ojo del negro es el objetivo de una máquina fotográfica. El hambre del negro es un escorpioncito negro con los pedipalpos mutilados. El negro Omicrón Rodríguez silba por la calle, hace el visaje de retratar a una pareja, siente un pinchazo doloroso en el estómago. Veintisiete horas y media lleva sin comer; doce y tres cuartos, no contando la noche, sin retratar; la mayoría de las de su vida, silbando.</p>
<p>Omicrón vivía en Almería y subió, con el calor del verano pasado, hasta Madrid. Subió con el termómetro. Omicrón toma, cuando tiene dinero, café con leche muy oscuro en los bares de la Puerta del Sol, y copas de anís, vertidas en vasos mediados de agua, en las tabernas de Vallecas, donde todos le conocen. Duerme, huésped, en una casita de Vallecas, porque a Vallecas llega antes que a cualquier otro barrio la noche. Y por la mañana, muy temprano, cuando el sol sale, da en su ventana un rayo tibio que rebota y penetra hasta su cama, hasta su almohada. Omicrón saca una mano de entre las sábanas y la calienta en el rayo de sol, junto a su nariz de boxeador principiante, chata, pero no muy deforme.</p>
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		<title>La despedida</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminaudiolibros]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 13 Mar 2025 09:35:52 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[A través de los cristales de la puerta del departamento y de la ventana del pasillo, el cinemático paisaje era [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>A través de los cristales de la puerta del departamento y de la ventana del pasillo, el cinemático paisaje era una superficie en la que no penetraba la mirada; la velocidad hacía simple perspectiva de la hondura. Los amarillos de las tierras paniegas, los grises del gredal y el almagre de los campos lineados por el verdor acuoso de las viñas se sucedían monótonos como un traqueteo.</p>
<p>En la siestona tarde de verano, los viajeros apenas intercambiaban desganadamente suspensivos retazos de frases.</p>
<p>Daba el sol en la ventanilla del departamento y estaba bajada la cortina de hule.</p>
<p>El son de la marcha desmenuzaba y aglutinaba el tiempo; era un reloj y una salmodia. Los viajeros se contemplaban mutuamente sin curiosidad y el cansino aburrimiento del viaje les ausentaba de su casual relación. Sus movimientos eran casi impúdicamente familiares, pero en ellos había hermetismo y lejanía.</p>
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		<title>Hasta que lleguen las doce</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Mar 2025 21:28:40 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[A las doce menos cuarto del mediodía de ayer se derrumbó una casa en construcción. (De los periódicos) Hacía daño [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>A las doce menos cuarto del mediodía de ayer se derrumbó una casa en construcción.<br />
(De los periódicos)</p>
<p>Hacía daño respirar. Las sirenas de las fábricas se clavaban en el costado blanco de la mañana. Pasaron hacia los vertederos los carros de la basura. Pedro Sánchez se sopló los dedos.</p>
<p>Despertó Antonia Puerto; lloraba el pequeño. Antonia abrió la ventana un poquito y entró el frío como un pájaro, dando vueltas a la habitación. Tosió el pequeño. Antonia cerró y el frío se fue haciendo chiquito, hasta desaparecer. También se despertó Juan, con ojos de liebre asustada; dio una vuelta en la cama y desveló a su hermano mayor.</p>
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		<title>El loro antillano</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Mar 2025 21:22:58 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Doña Frasquita acababa de cumplir los sesenta y dos. Era pomposa, rubiales, dada a las novelas radiofónicas y tenía un [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Doña Frasquita acababa de cumplir los sesenta y dos. Era pomposa, rubiales, dada a las novelas radiofónicas y tenía un corazón caritativo y tiernucho. Se pintaba llamativamente, asistía a los estrenos de teatro para aplaudir como una loca, y conservaba las buenas maneras en la mesa y en el juego del julepe con sus amigas. Jugaban fuerte y apasionadamente, pero sólo las tardes de los sábados y las de los domingos.</p>
<p>El estanco le daba su dinerillo y no tenía quebraderos de cabeza ni cocido un día sí y otro no, ni apremios del casero. Todo el mundo la quería: su peluquera se hacía lenguas de ella, sus clientes alababan su cortesía y su agradable charlar sobre el tiempo y sobre las cosas de la vida. Además, la política le importaba un rábano, porque era mujer de orden y de desfiles.</p>
<p>A doña Frasquita le asustó el que le regalaran un loro. Poseía una idea tópica de los loros. Estaba en la creencia de que aparte de los gritos patrióticos de los tales animalejos, el lenguaje que usaban era sucio, era &#8211; según ella &#8211; de carreteros. Por eso anduvo remisa al aceptarlo, no fuera que le saliera la criada respondona y tuviera que regalar el regalo, cosa que no se debe hacer. Pero tanto insistieron, que, por no hacer un desprecio, lo aceptó. El loro pasó a ser de doña Frasquita: y doña Frasquita, que debía tener gato, pero que tenía tortuga, depositó todo su cariño vacío de solterona en él.</p>
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		<title>El fantasma de Treviño</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Mar 2025 21:17:38 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Treviño limita: al Norte, con el asfalto, la erre y la zeta; al Sur, con el verano, los tiros sueltos [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Treviño limita: al Norte, con el asfalto, la erre y la zeta; al Sur, con el verano, los tiros sueltos de las escopetas y las canciones obscenas; al Este, con el rumor azul de las esquilas y un sol taladrado de cuervos; al Oeste, con la primera manzana amarga y el primer sapito de San Juan.</p>
<p>Entre estos cuatro límites de cuento pequeño, vivió La Brígida. Vivió mendicando patatas, rastrojeando el campo y durmiendo bajo el patronazgo de la zagalada. La Brígida, en tanto fue carne mortal, llevaba los años como los piojos, con desparpajo y sin trascendencia. Siempre fue pobre y nunca honrada, por lo que le tocaba andar, ahora, de alma en pena. Fue fea sin consolación y amargaba su charla como los arañes verdes. Se rió de su sombra; ignoró su nacimiento; se bachilleró en leyes de tanto pisar el Juzgado, y se le concedió título por la mismísima razón. De joven estuvo con los gitanos y luego de querindonga de un maese Guasón, que le pegaba para divertirse contándole los cardenales.</p>
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