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		<title>Una pareja de enamorados</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Mar 2025 15:02:49 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Un trompo y una pelota se encontraban reunidos dentro de una caja de juguetes. &#8211; ¿Por qué no hemos de [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Un trompo y una pelota se encontraban reunidos dentro de una caja de juguetes.</p>
<p>&#8211; ¿Por qué no hemos de casarnos, dijo el trompo con languidez, ya que de todos modos da la casualidad que hemos de vivir juntos?</p>
<p>Pero la pelota era orgullosa, estaba forrada de riquísimo tafilete y se tenia por señorita de alto vuelo, por lo que ni siquiera se tomó la pena de contestarle.</p>
<p>Al dla siguiente, al muchacho, dueño de los juguetes, se le ocurrió poner al trompo, que era rojo y amarillo, una punta nueva de cobre, de suerte que cuando bailaba era una maravilla ver los destellos que producían sus magníficos colores.</p>
<p>&#8211; Mírame, mírame, le decía a la pelota; ¿qué te parezco? Vaya, ¿nos casamos? Creo que hemos nacido el uno para el otro; tú saltas y yo bailo, ¿puede darse una pareja más feliz que nosotros?</p>
<p>&#8211; ¿De veras?, contestó la pelota con ironía. ¿Ignoras que mis padres fueron unas soberbias zapatillas de tafilete? ¿No sabes que tengo el cuerpo formado de corcho de España?</p>
<p>-Está bien, repuso el trompo; pero ten en cuenta que yo soy de caoba, y que el autor de mis días es el burgomaestre en persona, quien en sus ratos de ocio se dedica a labrar toda suerte de objetos al torno, siendo yo, modestia aparte, una de sus obras maestras.</p>
<p>&#8211; ¿Es cierto lo que dices?, preguntó la pelota un tanto menos esquiva.</p>
<p>-¡Que nunca más pueda bailar, si falto a la verdad!, exclamó el trompo.</p>
<p>-Veo que sabes exponer tus méritos, pero así y todo, tu proyecto es imposible: yo estoy algo comprometida con una golondrina. Cada vez que me elevo al aire, asoma su cabecita fuera del nido y me dirige una declaración muy tierna. Hace ya mucho tiempo que he concebido el secreto propósito de entregarme a ella, y en este concepto me considero ligada por un irrevocable compromiso. Así, pues, ya ves que no puedo acceder a tus pretensiones; estimo mucho tus sentimientos, y aun te prometo que no he de olvidarlos toda mi vida.</p>
<p>-Algo es esto, sin duda, repuso el trompo lleno de tristeza; pero no basta a consolarme.</p>
<p>Tales fueron las últimas palabras que cambiaron el trompo y la pelota.</p>
<p>Al día siguiente, el muchacho poseedor de los juguetes, tomó la pelota y la arrojó al aire. La pelota volaba rauda como un pájaro, y se remontó tanto, que el trompo llegó a perderla de vista; pero al poco rato caía al suelo para ser despedida nuevamente. Al caer daba un sorprendente bote, ya fuese porque intentaba saltar hasta el nido de la golondrina, o efecto sencillamente de la elasticidad y porosidad del corcho de España.</p>
<p>A las nueve veces de elevarse se quedó por el camino y desapareció. En vano el muchacho buscó y escudriñó por todas partes; no pudo descubrir la menor huella de su pelota y no tuvo más remedio que darla por perdida.</p>
<p>-Bien sé yo por dónde anda la pícara, suspiraba el trompo; estará en el nido con la golondrina y ya se habrán casado.</p>
<p>Y cuanto más pensaba en ésto, más pesaroso se ponía. Era que nunca había sentido por la pelota una pasión tan grande, como desde que no podía verla. Lo que le atormentaba sobre todo, sin darle un instante de tregua, era la idea de que se hubiese casado con otro.</p>
<p>Sin embargo, el trompo continuó dando vueltas y haciendo ron-ron, si bien que bailando o sin bailar, tenía fijo en su mente el recuerdo de la pelota, que en su imaginación se presentaba cada vez más bella y seductora. Este estado vino a ser en él lo que ha dado en llamarse una pasión inveterada.</p>
<p>El trompo habla perdido la juventud y un día le doraron las rayas y costuras, cambiando de dueño. Jamás había sido tan hermoso: daba gusto verle dar vueltas y trazar espirales, brillante como un astro. ¡Con qué allgria zumbaba! ¡Ah, si la pelota hubiese podido verle en su nuevo estado!</p>
<p>En tan sabrosas reflexiones tropezó con una piedra y fue despedido lejos, desvaneciéndose y eclipsándose. En vano le buscaron por todos lados, hasta por la bodega, en la cual hubiera podido deslizarse por un tragaluz; no supieron dar con él.</p>
<p>¿Sabéis dónde estnba? En el cajón de la basura, cubierto de polvo, mondaduras, desperdicioss de col y otras inmundicias repugnantes.</p>
<p>-¡Ay de mí!, exclamaba; ¿qué será de mi hermoso dorado, en medio de la morralla, de la escoria que me rodea?</p>
<p>Tendió la mirada a su alrededor y vió entre unas hojas de ensalada, una bola, que habria podido tomarse por una manzana podrida, y era una pelota medio consumida y saturada de humedad, por haber pasado algunos años colgada en un canalón.</p>
<p>&#8211; Loado sea Dios, dijo la pelota al apercibirse del trompo dorado: por fin encuentro a un ser de mi misma especie con quien me será posible conversar un rato. Tal como ves, amigo trompo, yo tengo el cuerpo de corcho de España y estoy forrada de tafilete; por cierto que me cosieron las delicadas manos de una bella señorita. Esto es tan cierto, que nadie podrá ponerlo en duda por poco que se tome la molestia de examinarme. Has de saber, además, que estaba en vlsperas de casarme con una golondrina, cuando por una fatalidad de la suerte, me arrojaron a un canalón, en donde he permanecido colgada durante cinco años. ¡Mira!, ¡ay de mi! cómo me ha puesto la lluvia! ¡Mira qué hinchada y fea me he vuelto! ¡Figúrate qué suplicio tan cruel no habla de pasar durante este tiempo y en tales condiciones una señorita hija de buena familia como yo!&#8230;</p>
<p>El trompo no respondía una palabra; estaba meditabundo, pensando en su antiguo amor y adivinando muy bien que aquella pelota era el objeto que había inflamado un tiempo sus deseos juveniles.</p>
<p>En esto se presentó la criada para ir a vaciar el cajón de la basura.</p>
<p>-¡Toma!-dijo,¡aquí está el trompo de los niños!</p>
<p>Y corrió a llevárselo, recobrando el sufrido juguete su antigua gloria. En cuanto a la pelota, fue arrojada a la calle.</p>
<p>Inútil es decir que el trompo ya no volvió a hablar nunca más de su antigua pasión. Su repugnancia fue tan grande, que cuando vió á la pelota inyectada en agua y Jodo, pestilente, destripada y llena de arrugas, aparentó no haberla visto en su vida.</p>
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		<title>Una hoja del cielo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminaudiolibros]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 Mar 2025 14:57:43 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[A gran altura, en el aire límpido, volaba un ángel que llevaba en la mano una flor del jardín del [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>A gran altura, en el aire límpido, volaba un ángel que llevaba en la mano una flor del jardín del Paraíso, y al darle un beso, de sus labios cayó una minúscula hojita, que, al tocar el suelo, en medio del bosque, arraigó en seguida y dio nacimiento a una nueva planta, entre las muchas que crecían en el lugar.</p>
<p>&#8211; ¡Qué hierba más ridícula! &#8211; dijeron aquéllas. Y ninguna quería reconocerla, ni siquiera los cardos y las ortigas.</p>
<p>&#8211; Debe de ser una planta de jardín &#8211; añadieron, con una risa irónica, y siguieron burlándose de la nueva vecina; pero ésta venga crecer y crecer, dejando atrás a las otras, y venga extender sus ramas en forma de zarcillos a su alrededor.</p>
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		<title>Los zapatos rojos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminaudiolibros]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 Mar 2025 14:51:56 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Érase una vez una niña muy linda y delicada, pero tan pobre, que en verano andaba siempre descalza, y en [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Érase una vez una niña muy linda y delicada, pero tan pobre, que en verano andaba siempre descalza, y en invierno tenía que llevar unos grandes zuecos, por lo que los piececitos se le ponían tan encarnados, que daba lástima.</p>
<p>En el centro del pueblo habitaba una anciana, viuda de un zapatero. Tenía unas viejas tiras de paño colorado, y con ellas cosió, lo mejor que supo, un par de zapatillas. Eran bastante patosas, pero la mujer había puesto en ellas toda su buena intención. Serían para la niña, que se llamaba Karen.</p>
<p>Le dieron los zapatos rojos el mismo día en que enterraron a su madre; aquel día los estrenó. No eran zapatos de luto, cierto, pero no tenía otros, y calzada con ellos acompañó el humilde féretro.</p>
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		<title>Los cuentos de Fernandillo</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Mar 2025 14:47:18 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Nadie en el mundo sabe contar tantos cuentos como Fernandillo. Los cuenta admirablemento. Al anochecer, cuando los niños están tranquilamente [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Nadie en el mundo sabe contar tantos cuentos como Fernandillo. Los cuenta admirablemento. Al anochecer, cuando los niños están tranquilamente sentados en la mesa o en sus banquetas, llega poco a poco Fernandillo, por mal nombre El Sueño. No se le oye subir la escalera, porque sus pies son tan ligeros que parece que gasta zapatillas de pluma: abre suavemente la puerta, y echa unos polvitos en los ojos de los niños con mucha delicadeza, pero siempre en cantidad bastante para que no los puedan tener abiertos, y por consiguiente para que no le puedan ver. Se desliza por detrás de ellos, les sopla en el cuello, lo cual les pone la cabeza pesada sí, pero no les hace daño, porque Fernandillo es muy amable con los niños; procura solamente que se estén quietos, y sabido es que no lo están sino cuando duermen.</p>
<p>Quiere que se estén quietos, para que escuchen sus preciosos cuentos.</p>
<p>Apenas se han dormido los niños, Fernandillo se sienta en su cama. Tiene un vestido precioso: lleva un traje de seda, que tiene reflejos verdes, rojos, azules y amarillos, según el lado de que se vuelve. Debajo de cada brazo lleva un paraguas: uno de ellos está adornado con bonitas estampas, y éste le abre por irima de los niños que son buenos, y entonces sueñan toda la noche con historias muy agradables.</p>
<p>El otro paraguas, que es de color plomizo, lo abre sobre la cabeza de los niños que son malos, los cuales duermen de una manera estúpida, y al otro día, cuando despiertan, no han soñado nada. A los que ya se pasan de malos, les hace soñar con pesadillas angustiosas y terroríficas.</p>
<p>Veamos ahora cómo Fernandillo viene tpdas las noches, durante una semana, a visitar a un niño que se llama Rataelito, y oigamos las siete historias que le cuenta, una cada noche, en el espacio de una semana.</p>
<p>DOMINGO</p>
<p>—Escucha un momento, dijo Fernandillo a Rafaelito esta noche, después que éste se había acostado: vas a ver una cosa que te llamará la atención.</p>
<p>Rafaelito observó que todas las flores que estaban en sus tiestos empezaron a crecer hasta que se convirtieron en grandes árboles que extendían sus largas ramas hasta la alfombra y hasta lo largo de las paredes, de manera que la habitación se parecía a un magnífico bosque; todas las ramas estaban cubiertas de grandes flores de enorme tamaño y de los más delicados matices. Exhalaban un perfume delicioso. Rafaelito se llevó a la boca una de sus hojas, y al saborearla la encontró un gusto más exquisito que el de las más delicadas confituras. Los frutos brillaban como el oro y como el cristal más transparente, y había también en las ramas pasteles llenos de cremas y de dulces sabrosísimos. Eran de una belleza incomparable. Al mismo tiempo, sin eiv.bargo, salieron del baúl que encerraba los libros de Rafaelito unos gruñidos extraños.</p>
<p>—Voy a ver qué bay allí, dijo Rafaelito.</p>
<p>Y se acercó a la mesa y abrió el cajón. Algo se agitaba y removía de una manera terrible en la pizarra. Era que al hacer Rafaelito sus cuentas en la tarde anterior en la pizarra, Había equivocado un número, y éste parecía que iba a dislocarse; de tal modo quería saltar entre los otros.</p>
<p>Tanta fuerza hacía, que el lápiz saltó con la cuerdecita que le retenía en la pizarra, como si fuera un perrillo y quisiera rehacer la operación; pero no podía.</p>
<p>Un instante después se oyeron gritos lastimosos en el cuaderno de escritura de Rafaelito. Aquello era desastroso. De arriba abajo, en cada página se veían grandes letras que cada una tenía a su lado otra más pequeña: habían servido como modelos, e inmediatas a ellas había otras letras chiquitas que hubieran estado muy bien hechas si Rafaelito hubiera puesto más cuidado; pero las había hecho muy deprisa, y estaban ¿umbadas como si las hubieran dejado caer en la línea en que debían de estar derechas.</p>
<p>—¡Ea! poneos así, como es debido, dijo el modelo, y haced como yo un movimiento vigoroso y elegante.</p>
<p>—Eso querríamos, dijeron las letras deRafaelito, pero no podemos; estamos muy enfermas.</p>
<p>—Entonces os administraré un remedio.</p>
<p>—No, eso no, exclamaron, enderezándose tan vivamente, que era muy divertido verlas.</p>
<p>—Ahora, dijo Fernandillo, voy a enseñar el ejercicio a estas gallardas letras. Una, dos; una, dos.</p>
<p>Y de esta manera ejercitó a las letras, que concluyeron por tomar una posición tan derecha y tan graciosa como las del modelo mismo.</p>
<p>Fernandillo se marchó; pero cuando Eafaelito examinó las letras a la mañana siguiente, estaban tan mal liechas como el día antes.</p>
<p>LUNES</p>
<p>Aquel día, en cuanto Rafaelito se acostó, Fernandillo tocó con uno de sus paraguas los muebles de las habitaciones, y todos en seguida se pusieron a charlar, hablando cada uno de sí mismo, cosa que también suelen hacer las personas. La escupidera fue la única que se quedó sola' muy incomodada de que los otros muebles tuviesen bastante vanidad para no hablar más que de sí mismos, sin prestarla a ella la menor atención, y eso que se mantení i modestamente en un rincón y tenía la honra de recibir salivazos de una porción de personas notables.</p>
<p>Encima de la consola estaba colgado un gran cuadro con marco dorado, que representaba un lindo paisaje. Había en él árboles lozanos y árboles viejos, pequeños y grandes, de corteza lisa y de tronco rugoso, flores en la hierba, y un ancho río, que, rodeando el bosque, lamía las faldas de algunos cerros, pasaba por delante de muchos castillos e iba a perderse después en el mar.</p>
<p>Tocó Fernandillo con su paraguas, y al momento adquirid todo animación y vida: los pájaros principiaron a cantar, las ramas a moverse y las nubes a continuar su camino: hasta se podía ver su sombra adelantarse y eubrir el paisaje, que había crecido hasta presentar tamaño natural.</p>
<p>Entonces Fernandillo levantó a su amigo Rafaelito hasta el marco, le hizo poner los pies en el cuadro en medio de la alta hierba, y le dejó allí.</p>
<p>El niño sentía que el sol le inundaba con sus rayos al través de las ramas de los árboles. Corrió hacia el agua, y entró en una barquilla que se balanceaba en ella y que estaba pintada de encarnado y blanco. Las velas brillaban como plata; y una media docena de cisnes, con coronas de oro alrededor del cuello y una estrella azul reluciente sobre su cabeza, tiraron de la barca y la llevaron dulcemente hacia el frondoso bosque, donde los árboles se contaban historias de ladrones y hechiceros, y las flores preciosas aventuras de hadas encantadoras y otras cosas bonitas que les habían referido las mariposas, que, como tienen treinta y seis mil ojos, ven muchas cosas que nosotros no podemos adivinar.</p>
<p>Tras el barco nadaban hermosos pescados cubiertos de escamas de oró y plata; de vez en cuando saltaban , y el agua salpicaba con ruido, y detrás de ellos volaban bandadas de aves rojas y azules, grandes y pequeñas. Los mosquitos danzaban y entonaban alegres músicas, los saltamontes zumbaban, y daban enormes saltos: todos querían acompañar a Rafaelito, y todos tenían historias que contarle.</p>
<p>El niño observó una cosa curiosísima. Cuanto más poblados y sombríos estaban los bosques en el cuadro, tanto más se parecía ahora a un jardín soberbio lleno de flores e iluminado por el sol. Por doquiera se veían grandes castillos de cristal, oro, plata y mármol; princesas bellísimas se asomaban a los balcones, y todas eran niñas conocidas de Rafaelito, y con las cuales había jugado muchas veces.</p>
<p>Le extendían las manos, y le presentaban un pastelito en forma de corazón, y de un dulce tan delicioso, como jamás se ha vendido en pastelería alguna. Rafaelito, al pasar cerca de una niña muy hermosa, cogió el corazón por uno de los lados; pero la niña apretó los dedos tan bien , que se quedó cada uno con un pedazo, aunque el de Rafaelillo fue el mayor, y le supo a gloria.</p>
<p>En la puerta de cada castillo daban la guardia guerreros vestidos con armaduras de plata, los cuales le saludaron con su sable de oro, dándole frutas, soldados de plomo y hermosos juguetes.</p>
<p>Así navegó Rafaelito unas veces al través de los bosques, otras en medio de desfiladeros sombríos, otras por cerca de una ciudad. Al fin pasó también por donde vivía la niñera a quien siempre había querido mucho; le saludó y le hizo una señal con la cabeza, mandándole con la mano besos que él sentía sobre sus mejillas.</p>
<p>Detrás del niño seguían volando aves preciosas; las flores parecían bailar en sus tallos, y los árboles viejos inclinaban la cabeza, absolutnmonte lo mismo que si Fernándillo, o sea El Sueño, les hubiera contado también una historia divertida.</p>
<p>MARTES.</p>
<p>Aquella noche llovía de una manera espantosa. Rafaelito lo oía dormitando, y cuando Fernandillo abrió la ventana, el agua llegaba casi hasta el piso tercero. Claro está que todo esto se lo figuraba Rafaelito. Por fuera era todo un gran lago, y cerca de la casa estaba amarrado un gran navío.</p>
<p>—¿Quieres venir conmigo? le dijo Fernandillo; podrás visitar esta noche una porción de países y estar de vuelta aquí mañana.</p>
<p>Pronto Rafaelito, con su hermoso traje de los domingos, se encontró en medio del barco: tan luego como el tiempo se puso mejor, atravesaron las calles, dieron vuelta a la iglesia y entraron en un gran lago. Marcharon mucho tiempo, hasta que perdieron de vista la tierra y vieron una bandada de cigüeñas que dejafean también su domicilio para ir en busca de los países cálidos.</p>
<p>Seguían volando siempre una detrás de otra, y ya llevaban recorrido un gran espacio de camino. Había entre ellas una tan fatigada, que sus alas no podían ya sostenerla: era la última de la banda, y en breve se quedó detrás a una gran distancia. Al fin bajó con las alas extendidas, y su vuelo fue disminuyendo cada vez más; hizo algunos esfuerzos, pero inútilmente.</p>
<p>Sus pies tocaron bien pronto las cuerdas del buque, se escurrió por debajo de las velas, y al fin cayó en la cubierta.</p>
<p>La cogió un grumete, y la metió en el gallinero, entre la gallinas, los patos y los pavos; la pobre cigüeña se encontraba molestada hallándose en medio de estas aves.</p>
<p>—¡Vaya un tipo raro! dijeron las gallinas.</p>
<p>El gallo de Indias se inñó tanto como podía, y preguntó quién era. Y los patos retrocedieron gruñendo: »¿Que es esto? ¿qué es esto?, ¿qué es esto?»</p>
<p>La cigüeña les habló del África, de la ardiente África, de las pirámides, del avestruz, que parece un caballo salvaje que recorre el desierto. Pero los patos no comprendieron una palabra y continuaron gruñendo más.</p>
<p>— Todos estamos de acuerdo, decían, en que es una estúpida. —No cabe duda, es extraordinariamente necia, dijo el gallo de Indias: y se estiró gritando: ¡glu-u-u-u!</p>
<p>La cigüeña se calló entonces, y pensó en África, su patria.</p>
<p>—Tenéis allí las pantorrillas demasiado delgadas, dijo el pavo. ¿A cómo ha pagado usted la vara?</p>
<p>—¡Kuac, kuac, kuac! dijeron los patos burlándose; pero la cigüeña se encogió de hombros sin hacerles caso.</p>
<p>¿Por qué no te ríes como nosotros? la preguntó el pavo. ¿Es que no te parece ingeniosa mi pregunta? Quizá va más allá de tu inteligencia. ¡Oh, qué talento tan limitado! ¡Vaya! dejemos a esa tonta y no nos ocupemos sino de nosotros.</p>
<p>Enseguida hizo ¡glú, glú, glú-u! y los patos hicieron ¡kuac, kuac!</p>
<p>Entonces empezaron a divertirse en grande. Rafaelito fue al gallinero, abrió la puerta y llamó a la cigüeña, que saltó hacia él en la cubierta. Había descansado, y parecía hacer señales a Rafaelito para darle las gracias por su amabilidad. Después desplegó sus alas y voló hacia los países cálidos.</p>
<p>Entonces las gallinas cloquearon, los patos charlaron en su lengua, el gallo de Indias lanzó un ¡ki ki ri ki! y su cresta se puso roja como el fuego.</p>
<p>—Mañana liaremos una buena pepitoria con vosotros, pensó Rafaelito: pero se despertó muy admirado de encontrarse en su camita. ¡Qué extraño viaje le había obligado a hacer aquella noche Fernandillo!</p>
<p>MIÉRCOLES.</p>
<p>—Escucha, dijo aquella noche Fernandillo, y no tengas miedo; voy a enseñarte un ratoncito; y le enseñó un gracioso animalito que tenía en la mano. Ha venido para invitarte a una boda; dos ratoncitos van a casarse esta noche; viven bajo el escalón de la ventana del comedor y tienen una habitación muy bonita.</p>
<p>—¿Y cómo me arreglaré para entrar en ella por un agujero tan pequeño?</p>
<p>—No tengas miedo, dijo Fernandillo, que yo te pondré tan delgado que puedas pasar.</p>
<p>Y tocó a Rafaelito con su varita de virtudes, y empezó a disminuir de tamaño, continuando de esta manera disminuyendo hasta que se redujo a la altura de una pulgada.</p>
<p>— Pídele ahora prestados sus vestidos a uno de los soldados de plomo; te sentarán muy bien, y además es muy bonito llevar un uniforme cuando se va de sociedad.</p>
<p>—Tienes mucha razón, dijo Rafaelito; y en breve se encontró vestido como un bonito soldado de plomo.</p>
<p>—¿Quiere usted tener la bondad de sentarse en el dedal de su mamá, dijo la ratita, y tendré el honor de llevarle?</p>
<p>—¡Cómo, señorita! ¿vá usted a tomarse este trabajo?</p>
<p>Y así, con estos mutuos cumplimientos, llegaron a la boda de los ratones. Atravesaron primero, bajo el escalón, un largo pasillo, que era bastante alto para dejarles pasar, y estaba iluminado con madera podrida que brillaba como el fósforo.</p>
<p>—Creo que esta habitación le parecerá a usted muy elegante, dijo la ratita, que le iba guiando, Todo el pasillo acaba de ser frotado con grasa. Es muy lujoso todo esto.</p>
<p>Después entraron en el salón. A la derecha estaban las ratitas, que murmuraban y cuchicheaban como si cada cual se burlase de su vecina, de igual modo que sucede entre las personas; a la izquierda estaban los caballeros atusándose el bigote con ía pata. En medio del salón estaban los futuros esposos en pie, colocados en una corteza de queso de bola como se verificase su matrimonio, y los días felices que veían en lontananza, después de verificar su enlace.</p>
<p>Seguían llegando nuevos invitados; la multitud era tan grande, que una señora estuvo a punto de espachurrar a otra; los novios estaban en medio de la puerta, de modo que era tan imposible entrar como salir. La habitación, así como el pasillo, había sido frotada de grasa, y este agradable olor parecía a las ratas y ratones el colmo de la elegancia. A guisa de postres había algunos guisantes verdes, en uno de los cuales un ratón había labrado con sus dientes las iniciales de los futuros esposos. No se ha yisto nunca una cosa tan magnífica.</p>
<p>Todos los ratones invitados declaraban que esta boda era una de las mejores a que habían asistido y que la conversación se había hecho notable por su buen tono, su variedad y su delicadeza.</p>
<p>Rafaelito volvió a su casa de la misma manera que le habían llevado; estaba contento por haber estado en una sociedad tan distinguida, pero también se había visto obligado a reducir su talla a la más mínima expresión, a amenguarse extraordinariamente y a vestirse el uniforme de uno de sus soldados de plomo.</p>
<p>JUEVES.</p>
<p>—No puedes figurarte cuántas personas de edad hay que quieren vaya a verlos con frecuencia, dijo Fernandillo al niño en la noche siguiente. Sobre todo, pertenecen a esta clase los que han liecho algo malo. «Fernandillo, me dicen cuando no pueden dormir, no podemos cerrar los párpados y nos pasamos toda la noche teniendo delante de nosotros nuestras malas acciones, que bajo las formas de feos hechiceros, se sientan en nuestra cama, nos tiran de los pies y nos martirizan. Si quieres venir a echarles, y a procurarnos un buen sueño, dicen suspirando profundamente, te lo pagaremos bien. Haznos ese favor, Fernandillo; junto a la ventana está el dinero contado.» Pero yo no hago nada por el dinero, añadió El Sueño, sonriendo, maliciosamente.</p>
<p>—¿Dónde me vas a llevar esta nodie? preguntó Rnfaelito.</p>
<p>—Si tú quieres, iremos a otra boda muy diferente de la de ayer. El muñeco grande de tu hermana, que parece un hombre y que se llama Pepe, va a casarse con la muñeca Pepita; además es el santo de los dos y les van a hacer muy bonitos regalos.</p>
<p>—¡Ah! eso ya lo sé yo, dijo Rafaelito. Siempre que las muñecas necesitan vestidos nuevos, mi hermana dice que son sus días o que se ran a casar; es la centésima vez que hace esto.</p>
<p>—Pues bien, será la boda número ciento uno la de esta noche, y después no habrá más. Así es que será extraordinariamente magnífica. Conviene que no dejemos de asistir.</p>
<p>Rafaelito dirigió su vista hacia la mesa. La casita de cartón estaba toda iluminada, y en la parte de afuera los soldados de plomo presentaban las armas a todos los invitados. Los novios estaban sentados muy pensativos (y tenían sus razones para estar así) en el suelo, apoyándose en el pie de la mesa y mirándose uno a otro con ternura, no exenta de algún recelo, porque la muñeca, aunque guapa, tenía muy mal genio, y el muñeco lo sabía. Fernandillo, vestido con el traje negro de su abuela, los casó. Cuando concluyó el matrimonio, todos los niuebles de la habitación estoparon una canción muy bonita compuesta por un lápiz, sobre motivos de las más populares zarzuelas.</p>
<p>En seguida los recién casados recibieron sus regalos; únicamente rehusaron toda clase de comestibles, porque con su amor les bastaba.</p>
<p>—¿Quieres que escojamos una habitación de verano cuando vayamos a viajar? preguntó el esposo.</p>
<p>—¡Yaya una ocurrencia! dijo la muñeca; querer habitación de vefamo el día de San José.</p>
<p>—Bien, mujer, no te enfades, dijo el muñeco muy afligido.</p>
<p>Le pidió consejo en seguida a la golondrina, que había corrido mucho mundo, y a la gallina vieja, que ya por cinco veces había conseguido sacar sus huevos. La golondrina habló de los países cálidos y magníficos en que las uvas son enormes, donde el aire es suave y donde las montañas son de todos colores, como nunca se ven aquí.</p>
<p>—¡Vaya un país! Allí no habrá repollos rojos como aquí, dijo la gallina. Yo he habitado en el campo con mis pequeñuelos durante todo un estío. Allí había un arenal donde nos paseábamos y donde podíamos escarbar a nuestro gusto, y éramos admitidos en un jardín donde había muchos repollos lojos. Todo esto era magnífico. No puedo figurarme nada más hermoso.</p>
<p>—Este país es muy triste, todos los días se parecen, dijo la golondrina, y además hace muy mal tiempo.</p>
<p>—Ya está una acostumbrada, replicó la gallina.</p>
<p>—Pero lo más frecuente es que haga muclio frío y que granice, añadió la golondrina.</p>
<p>—Esta temperatura prueba muy bien a los repollos, repuso la gallina; por lo demás, también aquí ha hecho calor algunas veces. ¿No tuvímas hace cuatro años un verano que dum cinco semanas? Hacía tal calor, que no se podía respirar. Además, aquí no tenemos todos los animales venenosos que hay en otros países. Y raras veces oímos hablar de ladrones. El que no piensa que lo mejor del mundo es su país, es un malvado que no merece habitarlo. Además, añadió orgullosamente, también yo he viajado, he pasado una colina que tenía más de dos leguas; pero no encontré placer alguno en viajar.</p>
<p>—La gallina me parece una mujer razonable, dijo la muñeca Pepita; no necesito ver las montañas. Eso no sirve más que para subir y bajar. No, nos iremos mejor a establecer en el arenal, fuera de las puertas de la ciudad, y nos pasearemos por el jardín de los repollos.</p>
<p>El muñeco suspiró con aire de resignación viendo que su mujer empezaba a dominarle desde el primer día.</p>
<p>VIERNES.</p>
<p>—¿Me vas a contar boy otra historia? dijo- Rafaelito luego que Feroandillo le bubo dormido.</p>
<p>—No, esta noche no tenemos tiempo, replicó El Sueño desplegando por encima de él su magnífico paraguas. Mira un momento estos chinos.</p>
<p>Todo el paraguas parecía una gran copa china, cubierta de árboles azules y de puentes de formas extrañas, con muchos chinitos que movían la cabeza.</p>
<p>—Es necesario que nos preparemos bien para pasado mañana, que será Domingo. Voy a ir a las torres de la iglesia para ver si los duendecillos limpian las campanas pira que tengan un sonido agradable: luego voy a ir al campo a ver si el viento se lleva el polvo de la hierba y de las hojas. Por fin, y esto es lo más difícil, voy a ir a buscar todas las estrellas para limpiarlas. Las pongo en mi delantal; pero es preciso primero que cada una de ellas esté numerada, y que los agujeros en que están fijas estén también numerados. Sin esto podría engañarme de lugar y colocarlas mal, y entonces habría en el cielo demasiadas estrellas errantes, porque correría una detrás de otra buscando su antiguo sitio.</p>
<p>— ¡Eh, cuidado! Escuche usted un momento, señor Ferna-ndillo, dijo un antiguo retrato colgado de la pared que tocaba al lecho de liafaelito. Yo soy el abuelo de Rataelito. y agradezco a usted que le cuente historias a mi niño; pero no me parece bien que le trastorne usted la cabeza. ¿Cómo va usted a bajar las estrellas para limpiarlas? Las estrellas son mundos como nuestra Tierra y mucho mayores aún. y eso es precisamente lo que tienen de bueno.</p>
<p>— Te agradezco la lección, abuelo, dijo Fermindillo; pero lo que me has dicho me lo sabía yo hace mucho tiempo. Lo que hay es que yo no enseño ciencia a los niños; me contento con distraerlos. Pero ya que me has puesto la cara colorada, me voy y cuéntale tú lo que quieras.</p>
<p>Y Fernandillo cogió su paraguas y se fue muy incomodado.</p>
<p>—¡Yaya un amor propio tan exagerado y tan fuera de lugar! Ya no le es a uno permitido decir su opinión, dijo gruñendo el antiguo retrato.</p>
<p>Rafaelito se despertó.</p>
<p>SÁBADO.</p>
<p>—Buenas noches, dijo Fernandillo al entrar.</p>
<p>Y en seguida fue a la pared y volvió el retrato del abuelo del niño, para que no se mezclase en la conversación, como la víspera.</p>
<p>—¡Ea! dijo Raíaelito, ahora cuéntame alguna historia; cuéntame la de los cinco guisantes que vivían en una vaina, y la aguja gorda que se creía tan fina como una aguja de bordar.</p>
<p>—No, no hay que abusar de los cuentos; lo bueno puede también cansar, dijo Fernandillo. Tú sabes perfectamente que me gusta enseñarte algo nuevo; esta noche te voy a enseñar a mi hermano. Se llama Ginesillo, pero no hace más que una sola visita a una persona. Lleva en su caballo al que ha visitado, y le cuenta historias. No sabe más que dos; una es tan admirablemente bonita como nadie en el mundo puede tener una idea; la otra es tan fea y tan terrible, como no se puede concebir siquiera.</p>
<p>Entonces Fernandillo llevó al niño Rafaelito hasta la ventana, y le dijo:</p>
<p>—Allí verás tú a mi hermano Ginesillo: se llama también la Muerte. ¿Lo ves? No es tan feo como se le representa en los libros de estampas, donde no es más que un esqueleto. Al contrario, tiene bordados de plata en su vestido y lleva un bonito uniforme de húsar, un manto de terciopelo negro flota por detrás de él. ¡Mira con qué gallardía se adelanta en un coche tirado por seis caballos!</p>
<p>Rafaelito vio adelantarse al hermano de Fernandillo, haciendo subir en su caballo un gran número de personas jóvenes y viejas; colocó a unas delante de sí y a otras detrás; pero principiaba siempre por decirles:</p>
<p>—Vamos a ver el cuaderno de la vida de usted y las notas que tiene: ¿qué tal son?</p>
<p>—Muy buenas, respondían todas las personas.</p>
<p>—Quiero verlas por mí mismo, les decía.</p>
<p>Y les obligaba a enseñarles sus notas. A todos los que tenían Bien o Muy bien, los fue colocando en la parte de delante del coche, y le oyeron contar historias admirables. Pero a los que tenían Regular o Mal, los puso detrás y tuvieron que oir historias horribles. Temblaban y lloraban y querían echarse abajo del caballo, pero no podían, porque estaban como atados.</p>
<p>—Sin embargo, Pernandillo, tu hermano la Muerte no es tan feo como yo creía; no le tengo miedo.</p>
<p>— Y tienes mucha razón, dijo El Sueño, sólo que has de cuidarte de tener siempre en tu cuaderno muy buenas notas.</p>
<p>—¡Oh! esto es muy instructivo, murmuró el retrato del abuelo; ya ve usted, señor Fernandillo, cómo algunas veces es conveniente decir con franqueza su opinión.</p>
<p>Y se quedó muy satisfeclio.</p>
<p>Tales son los cuentos de Fernandillo, querido lectorcito, y si viene esta noche, él te los contará más lindos aún.</p>
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		<title>Los campeones de salto</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Mar 2025 14:40:36 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[La pulga, el saltamontes y el huesecillo saltarín apostaron una vez a quién saltaba más alto, e invitaron a cuantos [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>La pulga, el saltamontes y el huesecillo saltarín apostaron una vez a quién saltaba más alto, e invitaron a cuantos quisieran presenciar aquel campeonato. Hay que convenir que se trataba de tres grandes saltadores.</p>
<p>-¡Daré mi hija al que salte más alto! -dijo el Rey-, pues sería muy triste que las personas tuviesen que saltar de balde.</p>
<p>Se presentó primero la pulga. Era bien educada y empezó saludando a diestro y a siniestro, pues por sus venas corría sangre de señorita, y estaba acostumbrada a no alternar más que con personas, y esto siempre se conoce.</p>
<p>Vino en segundo término el saltamontes. Sin duda era bastante más pesadote que la pulga, pero sus maneras eran también irreprochables; vestía el uniforme verde con el que había nacido. Afirmó, además, que tenía en Egipto una familia de abolengo, y que era muy estimado en el país. Lo habían cazado en el campo y metido en una casa de cartulina de tres pisos, hecha de naipes de color, con las estampas por dentro. Las puertas y ventanas habían sido cortadas en el cuerpo de la dama de corazones.</p>
<p>-Sé cantar tan bien -dijo-, que dieciséis grillos indígenas que vienen cantando desde su infancia -a pesar de lo cual no han logrado aún tener una casa de naipes-, se han pasmado tanto al oírme, que se han vuelto aún más delgados de lo que eran antes.</p>
<p>Como se ve, tanto la pulga como el saltamontes se presentaron en toda forma, dando cuenta de quiénes eran, y manifestando que esperaban casarse con la princesa.</p>
<p>El huesecillo saltarín no dijo esta boca es mía; pero se rumoreaba que era de tanto pensar, y el perro de la Corte sólo tuvo que husmearlo, para atestiguar que venía de buena familia. El viejo consejero, que había recibido tres condecoraciones por su mutismo, aseguró que el huesecillo poseía el don de profecía; por su dorso podía vaticinarse si el invierno sería suave o riguroso, cosa que no puede leerse en la espalda del que escribe el calendario.</p>
<p>-De momento, yo no digo nada -manifestó el viejo Rey-. Me quedo a ver venir y guardo mi opinión para el instante oportuno.</p>
<p>Había llegado la hora de saltar. La pulga saltó tan alto, que nadie pudo verla, y los demás sostuvieron que no había saltado, lo cual estuvo muy mal.</p>
<p>El saltamontes llegó a la mitad de la altura alcanzada por la pulga, pero como casi dio en la cara del Rey, éste dijo que era un asco.</p>
<p>El huesecillo permaneció largo rato callado, reflexionando; al fin ya pensaban los espectadores que no sabía saltar.</p>
<p>-¡Mientras no se haya mareado! -dijo el perro, volviendo a husmearlo. ¡Rutch!, el hueso pegó un brinco de lado y fue a parar al regazo de la princesa, que estaba sentada en un escabel de oro.</p>
<p>Entonces dijo el Rey:</p>
<p>-El salto más alto es el que alcanza a mi hija, pues ahí está la finura; mas para ello hay que tener cabeza, y el huesecillo ha demostrado que la tiene. A eso llamo yo talento.</p>
<p>Y le fue otorgada la mano de la princesa.</p>
<p>-¡Pero si fui yo quien saltó más alto! -protestó la pulga-. ¡Bah, qué importa! ¡Que se quede con el hueso! Yo salté más alto que los otros, pero en este mundo hay que ser corpulento, además, para que nos vean.</p>
<p>Y se marchó a alistarse en el ejército de un país extranjero, donde perdió la vida, según dicen.</p>
<p>El saltamontes se instaló en el ribazo y se puso a reflexionar sobre las cosas del mundo; y dijo a su vez:</p>
<p>-¡Hay que ser corpulento, hay que ser corpulento!</p>
<p>Luego entonó su triste canción, por la cual conocemos la historia. Sin embargo, yo no la tengo por segura del todo, aunque la hayan puesto en letras de molde.</p>
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		<title>Las habichuelas mágicas</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Mar 2025 14:12:38 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Periquín vivía con su madre, que era viuda, en una cabaña del bosque. Como con el tiempo fue empeorando la [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Periquín vivía con su madre, que era viuda, en una cabaña del bosque. Como con el tiempo fue empeorando la situación familiar, la madre determinó mandar a Periquín a la ciudad, para que allí intentase vender la única vaca que poseían. El niño se puso en camino, llevando atado con una cuerda al animal, y se encontró con un hombre que llevaba un saquito de habichuelas.</p>
<p>-Son maravillosas -explicó aquel hombre-. Si te gustan, te las daré a cambio de la vaca.</p>
<p>Así lo hizo Periquín, y volvió muy contento a su casa. Pero la viuda, disgustada al ver la necedad del muchacho, cogió las habichuelas y las arrojó a la calle. Después se puso a llorar.</p>
<p>Cuando se levantó Periquín al día siguiente, fue grande su sorpresa al ver que las habichuelas habían crecido tanto durante la noche, que las ramas se perdían de vista. Se puso Periquín a trepar por la planta, y sube que sube, llegó a un país desconocido.</p>
<p>Entró en un castillo y vio a un malvado gigante que tenía una gallina que ponía un huevo de oro cada vez que él se lo mandaba. Esperó el niño a que el gigante se durmiera, y tomando la gallina, escapó con ella. Llegó a las ramas de las habichuelas, y descolgándose, tocó el suelo y entró en la cabaña.</p>
<p>La madre se puso muy contenta. Y así fueron vendiendo los huevos de oro, y con su producto vivieron tranquilos mucho tiempo, hasta que la gallina se murió y Periquín tuvo que trepar por la planta otra vez, dirigiéndose al castillo del gigante. Se escondió tras una cortina y pudo observar cómo el dueño del castillo iba contando monedas de oro que sacaba de un bolsón de cuero.</p>
<p>En cuanto se durmió el gigante, salió Periquín y, recogiendo el talego de oro, echó a correr hacia la planta gigantesca y bajó a su casa. Así la viuda y su hijo tuvieron dinero para ir viviendo mucho tiempo.</p>
<p>Sin embargo, llegó un día en que el bolsón de cuero del dinero quedó completamente vacío. Se cogió Periquín por tercera vez a las ramas de la planta, y fue escalándolas hasta llegar a la cima. Entonces vio al ogro guardar en un cajón una cajita que, cada vez que se levantaba la tapa, dejaba caer una moneda de oro.</p>
<p>Cuando el gigante salió de la estancia, cogió el niño la cajita prodigiosa y se la guardó. Desde su escondite vio Periquín que el gigante se tumbaba en un sofá, y un arpa, oh maravilla!, tocaba sola, sin que mano alguna pulsara sus cuerdas, una delicada música. El gigante, mientras escuchaba aquella melodía, fue cayendo en el sueño poco a poco.</p>
<p>Apenas le vio así Periquín, cogió el arpa y echó a correr. Pero el arpa estaba encantada y, al ser tomada por Periquín, empezó a gritar:</p>
<p>-¡Eh, señor amo, despierte usted, que me roban!</p>
<p>Se despertó sobresaltado el gigante y empezaron a llegar de nuevo desde la calle los gritos acusadores:</p>
<p>-¡Señor amo, que me roban!</p>
<p>Viendo lo que ocurría, el gigante salió en persecución de Periquín. Resonaban a espaldas del niño pasos del gigante, cuando, ya cogido a las ramas empezaba a bajar. Se daba mucha prisa, pero, al mirar hacia la altura, vio que también el gigante descendía hacia él. No había tiempo que perder, y así que gritó Periquín a su madre, que estaba en casa preparando la comida:</p>
<p>-¡Madre, tráigame el hacha en seguida, que me persigue el gigante!</p>
<p>Acudió la madre con el hacha, y Periquín, de un certero golpe, cortó el tronco de la trágica habichuela. Al caer, el gigante se estrelló, pagando así sus fechorías, y Periquín y su madre vivieron felices con el producto de la cajita que, al abrirse, dejaba caer una moneda de oro.</p>
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		<title>La sombra</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminaudiolibros]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 20 Mar 2025 12:21:59 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[¡Es terrible lo que quema el sol en los países cálidos! Las gentes se vuelven muy morenas, y en los [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>¡Es terrible lo que quema el sol en los países cálidos! Las gentes se vuelven muy morenas, y en los países más tórridos su piel se quema hasta hacerse negra. Pero ahora vais a oír la historia de un sabio que de los países fríos pasó sin transición a los cálidos, y creía que podría seguir viviendo allí como en su tierra.</p>
<p>Muy pronto tuvo que cambiar de opinión. Durante el día tuvo que seguir el ejemplo de todas las personas juiciosas: permanecer en casa, con los postigos de puertas y ventanas bien cerrados. Hubiérase dicho que la casa entera dormía o que no había nadie en ella. Para empeorar las cosas, la estrecha calle de altos edificios, en la que residía nuestro hombre, estaba orientada de manera que en ella daba el sol desde el mediodía hasta el ocaso; era realmente inaguantable.</p>
<p>El sabio de las tierras frías era un hombre joven e inteligente; tenía la impresión de estar encerrado en un horno ardiente, y aquello lo afectó de tal modo que adelgazó terriblemente, tanto, que hasta su sombra se contrajo y redujo, volviéndose mucho más pequeña que cuando se hallaba en su país; el sol la absorbía también. Sólo se recuperaban al anochecer, una vez el astro se había ocultado.</p>
<p>Era un espectáculo que daba gusto. No bien se encendía la luz de la habitación, la sombra se proyectaba entera en la pared, en toda su longitud; debía estirarse para recobrar las fuerzas.</p>
<p>El sabio salía al balcón, para estirarse en él, y en cuanto aparecían las estrellas en el cielo sereno y maravilloso, se sentía pasar de muerte a vida.</p>
<p>En todos los balcones de las casas &#8211; en los países cálidos, todas las casas tienen balcones &#8211; se veía gente; pues el aire es imprescindible, incluso cuando se es moreno como la caoba. Todo se animaba, arriba y abajo. Zapateros, sastres y ciudadanos en general salían a la calle con sus mesas y sillas, y ardía la luz, y más de mil luces, y todos hablaban unos con otros y cantaban, y algunos paseaban, mientras rodaban coches y pasaban mulos, haciendo sonar sus cascabeles. Desfilaban entierros al son de cantos fúnebres, los golfillos callejeros encendían petardos, repicaban las campanas; en suma, que en la calle reinaba una gran animación.</p>
<p>Una sola casa, la fronteriza a la ocupada por el sabio extranjero, se mantenía en absoluto silencio, y, sin embargo, la habitaba alguien, pues había flores en el balcón, flores que crecían ubérrimas bajo el sol ardoroso, cosa que habría sido imposible de no ser regadas; alguien debía regarlas, pues, y, por tanto, alguien debía de vivir en la casa. Al atardecer abrían también el balcón, pero el interior quedaba oscuro, por lo menos las habitaciones delanteras; del fondo llegaba música. Al sabio extranjero aquella música le parecía maravillosa, pero tal vez era pura imaginación suya, pues lo encontraba todo estupendo en los países cálidos; ¡lástima que el sol quemara tanto! El patrón de la casa donde residía le dijo que ignoraba quién vivía enfrente; nunca se veía a nadie, y en cuanto a la música, la encontraba aburrida. Era como si alguien estudiase una pieza, siempre la misma, sin lograr aprenderla. «¡La sacaré!», piensa; pero no lo conseguirá, por mucho que toque.</p>
<p>Una noche el forastero se despertó. Dormía con el balcón abierto, el viento levantó la cortina, y al hombre le pareció que del balcón fronterizo venía un brillo misterioso; todas las flores relucían como llamas, con los colores más espléndidos, y en medio de ellas había una esbelta y hermosa doncella; parecía brillar ella también. El sabio se sintió deslumbrado, pero hizo un esfuerzo para sacudiese el sueño y abrió los ojos cuanto pudo. De un salto bajó de la cama; sin hacer ruido se deslizó detrás de la cortina, pero la muchacha había desaparecido, y también el resplandor; las flores no relucían ya, pero seguían tan hermosas como de costumbre; la puerta estaba entornada, y en el fondo resonaba una música tan deliciosa, que verdaderamente parecía cosa de sueño. Era como un hechizo; pero, ¿quién vivía allí? ¿Dónde estaba la entrada propiamente dicha? La planta baja estaba enteramente ocupada por tiendas, y no era posible que en éstas estuviera la entrada.</p>
<p>Un atardecer se hallaba el sabio sentado en su balcón; tenía la luz a su espalda, por lo que era natural que su sombra se proyectase sobre la pared de enfrente, al otro lado de la calle, entre las flores del balcón; y cuando el extranjero se movía, movíase también ella, como ya se comprende.</p>
<p>&#8211; Creo que mi sombra es lo único viviente que se ve ahí delante -dijo el sabio-. ¡Cuidado que está graciosa, sentada entre las flores! La puerta está entreabierta. Es una oportunidad que mi sombra podría aprovechar para entrar adentro; a la vuelta me contaría lo que hubiese visto. ¡Venga, sombra -dijo bromeando-, anímate y sírveme de algo! Entra, ¿quieres? -y le dirigió un signo con la cabeza, signo que la sombra le devolvió-.</p>
<p>Bueno, vete, pero no te marches del todo -. El extranjero se levantó, y la sombra, en el balcón fronterizo, levantóse a su vez; el hombre se volvió, y la sombra se volvió también. Si alguien hubiese reparado en ello, habría observado cómo la sombra se metía, por la entreabierta puerta del balcón, en el interior de la casa de enfrente, al mismo tiempo que el forastero entraba en su habitación, dejando caer detrás de si la larga cortina.</p>
<p>A la mañana siguiente nuestro sabio salió a tomar café y leer los periódicos. &#8211; ¿Qué significa esto? -dijo al entrar en el espacio soleado-. ¡No tengo sombra! Entonces será cierto que se marchó anoche y no ha vuelto.</p>
<p>¡Esto sí que es bueno!</p>
<p>Le fastidiaba la cosa, no tanto por la ausencia de la sombra como porque conocía el cuento del hombre que había perdido su sombra, cuento muy popular en los países fríos. Y cuando el sabio volviera a su patria y explicara su aventura, todos lo acusarían de plagiario, y no quería pasar por tal. Por eso prefirió no hablar del asunto, y en esto obró muy cuerdamente. Al anochecer salió de nuevo al balcón, después de colocar la luz detrás de él, pues sabía que la sombra quiere tener siempre a su señor por pantalla; pero no hubo medio de hacerla comparecer. Se hizo pequeño, se agrandó, pero la sombra no se dejó ver. El hombre la llamó con una tosecita significativa: ¡ajem, ajem!, pero en vano.</p>
<p>Era, desde luego, para preocuparse, aunque en los países cálidos todo crece con gran rapidez, y al cabo de ocho días observó nuestro sabio, con gran satisfacción, que, tan pronto como salía el sol, le crecía una sombra nueva a partir de las piernas; por lo visto, habían quedado las raíces. A las tres semanas tenía una sombra muy decente, que, en el curso del viaje que emprendió a las tierras septentrionales, fue creciendo gradualmente, hasta que al fin llegó á ser tan alta y tan grande, que con la mitad le habría bastado.</p>
<p>Así llegó el sabio a su tierra, donde escribió libros acerca de lo que en el mundo hay de verdadero, de bueno y de bello. De esta manera pasaron días y años; muchos años.</p>
<p>Una tarde estaba nuestro hombre en su habitación, y he aquí que llamaron a la puerta muy quedito.</p>
<p>&#8211; ¡Adelante! -dijo, pero no entró nadie. Se levantó entonces y abrió la puerta: se presentó a su vista un hombre tan delgado, que realmente daba grima verlo. Aparte esto, iba muy bien vestido, y con aire de persona distinguida.</p>
<p>&#8211; ¿Con quién tengo el honor de hablar? -preguntó el sabio.</p>
<p>&#8211; Ya decía yo que no me reconocería -contestó el desconocido-. Me he vuelto tan corpórea, que incluso tengo carne y vestidos. Nunca pensó usted en verme en este estado de prosperidad. ¿No reconoce a su antigua sombra? Sin duda creyó que ya no iba a volver. Pues lo he pasado muy bien desde que me separé de usted.</p>
<p>He prosperado en todos los aspectos. Me gustaría comprar mi libertad, tengo medios para hacerlo -. E hizo tintinear un manojo de valiosos dijes que le colgaban del reloj, y puso la mano en la recia cadena de oro que llevaba alrededor del cuello. ¡Cómo refulgían los brillantes en sus dedos! Y todos auténticos, además.</p>
<p>&#8211; Pues no, no acierto a explicarme&#8230; -dijo el sabio-. ¿Qué significa todo esto?</p>
<p>&#8211; No es corriente, desde luego, -respondió la sombra-, pero es que usted también se sale de lo ordinario, y yo, bien lo sabe, desde muy pequeña seguí sus pasos. En cuanto usted creyó que yo estaba en situación de ir por esos mundos de Dios, me fui por mi cuenta. Ahora estoy en muy buena situación, pero una especie de anhelo me impulsó a volver a verlo antes de su muerte, pues usted debe morir. Además, me apetecía visitar de nuevo estas tierras, pues uno quiere a su patria. Sé que usted tiene otra sombra; ¿he de pagarle algo a usted o a ella? Dígamelo, por favor.</p>
<p>&#8211; ¿De verdad eres tú? -exclamó el sabio-. ¡Es asombroso! Jamás hubiera creído que una vieja sombra pudiese volver en figura humana.</p>
<p>&#8211; Dígame cuánto tengo que abonarle -insistió la sombra pues me molesta estar en deuda con alguien.</p>
<p>&#8211; ¡Qué cosas tienes! -exclamó el sabio-. Aquí no se trata de deudas. Puedes sentirte tan libre como cualquiera.</p>
<p>Me alegro mucho de tu buena fortuna. Siéntate, mi vieja amiga, y cuéntame tan sólo lo que ocurrió y lo que viste, en las tierras cálidas, en aquella casa de enfrente.</p>
<p>&#8211; Voy a contárselo -dijo la sombra, tomando asiento-, pero tiene que prometerme no decir a nadie que yo fui un día su sombra; pues a lo mejor volvemos a encontrarnos en esta ciudad. Mi intención es casarme; tengo de sobras para mantener a una familia.</p>
<p>&#8211; Tranquilízate -contestó el sabio-. Jamás diré a nadie lo que en realidad eres. Ahí va mi mano, y ya sabes que soy hombre de palabra.</p>
<p>&#8211; Y yo sombra de palabra -respondió ella expresándose del único modo que podía.</p>
<p>Sin embargo, era curioso que se hubiera hecho tan humana. Vestía de negro, su traje era de finísimo paño, llevaba zapatos de charol, y un sombrero que sólo consistía en copa y ala, por no decir nada de lo que ya sabemos: la cadena de oro y las sortijas de brillantes. Sí, la sombra vestía con gran elegancia, y eso era precisamente lo que hacía de ella un ser humano.</p>
<p>&#8211; Pues voy a contarle -dijo, apoyando los pies, con los zapatos encharolados, sobre el brazo de la nueva sombra con toda la fuerza posible; nos referimos a la segunda sombra que al sabio le habla nacido, y que permanecía echada a sus pies como un perrillo. Lo hizo, ora por orgullo, ora para que se le quedase pegada. La sombra del suelo se estuvo muy quietecita y callada; no quería perder palabra del relato, pues tenía gran interés en enterarse de cómo podía emanciparse y convertirse en una persona independiente.</p>
<p>&#8211; ¿Sabe quién residía en la casa de enfrente? -dijo la sombra-. ¡Pues la belleza máxima, la Poesía! Yo estuve allí tres semanas, y el efecto es el mismo que si se viviese tres mil años y se leyese todo lo que se ha compuesto y escrito. Lo afirmo y es la verdad. Lo he visto todo y todo lo sé.</p>
<p>&#8211; ¡La Poesía! -exclamó el sabio-. Sí, no es raro que viva sola en las grandes ciudades. ¡La Poesía! La vi un solo y breve momento, pero estaba medio dormido. Salió al balcón, reluciente como la aurora boreal. ¡Cuenta, cuenta! Tú estuviste en el balcón, entraste en la casa y&#8230;</p>
<p>&#8211; Me encontré en la antesala -continuó la sombra-. Usted seguía mirando más allá de la habitación. No había luz, reinaba una especie de penumbra, pero estaban abiertas las puertas de una larga serie de aposentos y salones, situados unos enfrente de otros. Dentro, la claridad era vivísima, y la luz me habría fulminado si hubiera entrado directamente en la habitación de la doncella; pero fui prudente y me tomé tiempo, que es lo que debe hacerse.</p>
<p>&#8211; ¿Y qué viste luego? -preguntó el sabio.</p>
<p>&#8211; Lo vi todo y se lo voy a contar, pero &#8211; y conste que no es presunción -, dada mi condición de ser libre y los conocimientos que poseo, para no hablar ya de mi buena posición y fortuna, creo no estaría de más que me tratase de usted.</p>
<p>&#8211; Le pido mil perdones -respondió el sabio-, ¡es una vieja costumbre tan arraigada! Tiene usted toda la razón y trataré de no olvidarlo. Pero cuénteme todo lo que vio.</p>
<p>&#8211; Todo -asintió la sombra-, pues lo he visto todo y lo sé todo.</p>
<p>&#8211; ¿Qué aspecto ofrecían aquellas salas, las más interiores? ¿No eran acaso como el verde bosque? ¿No tenía uno la impresión de hallarse en un santuario? ¿No eran las salas como el cielo estrellado, cuando uno lo mira desde la cima de las montañas?</p>
<p>&#8211; De todo había -dijo la sombra-. No entré enteramente, sino que me quedé en la habitación primera, en la penumbra; pero estaba muy bien situada, pues lo vi todo y me enteré de todo. Estuve en la antesala de la corte de la Poesía.</p>
<p>&#8211; Pero, ¿qué es lo que vio? ¿Pasaron acaso por los grandes salones todos los dioses de la Antigüedad?</p>
<p>¿Combatían los antiguos héroes? ¿Jugaban niños encantadores y contaban sus sueños?</p>
<p>&#8211; Le digo que estuve allí, y comprenderá sin duda que vi cuanto había que ver. Si usted hubiera entrado, no se habría convertido en hombre, pero yo sí, y al mismo tiempo conocí mi naturaleza íntima, mi condición innata, mi parentesco con la Poesía. Cuando vivía con usted no pensaba en ello, pero, bien lo sabe, al salir y ponerse el sol, adquiría yo unas proporciones sorprendentes, y a la luz de la luna era casi más visible que usted mismo. Entonces no comprendía mi naturaleza, pero en la antesala de la Poesía se me reveló plenamente.</p>
<p>Me convertí en ser humano. Salí de allí maduro, pero usted se había marchado ya de las tierras cálidas. Me daba vergüenza mostrarme en mi nueva condición humana, tal como, iba; necesitaba zapatos, vestidos, todo ese barniz que distingue al hombre.</p>
<p>Busqué refugio &#8211; a usted se lo diré, pero no vaya a ponerlo en ningún libro -, busqué refugio en las faldas de la cocinera, me escondí debajo de ellas. La mujer no tenía idea de lo que encerraba. Sólo de noche salía yo a rondar por las calles bajo la luz de la luna; me apretaba tan largo como era contra la pared &#8211; ¡producía un cosquilleo tan agradable en la espalda! &#8211; corría de un lado para otro, por los tejados y las ventanas más altas miraba al interior de las casas; veía lo que nadie podía ver y presencié lo que nadie más ha presenciado ni debiera presenciar. En el fondo, es un mundo muy malo. No me habría interesado convertirme en ser humano si no fuera por la especial distinción que ello confiere. Vi lo más increíble, en las mujeres, en los hombres, en los padres y en los tiernos hijos; vi -prosiguió la sombra- lo que nadie debiera saber y que, sin embargo, todos se afanan por saber: lo malo en casa del vecino.</p>
<p>Si hubiese publicado un periódico, ¡qué éxito el mío! Pero opté por escribir a las mismas personas, y cundió el espanto en todas las ciudades, a las que llegaba. Sentían terror de mí, y al propio tiempo me apreciaban. Los profesores me tomaban por uno de ellos, los sastres me daban trajes nuevos, estoy bien provisto; el jefe de la casa de la moneda acuñó monedas para mí, y las mujeres decían que era muy guapo. Así llegué a ser el personaje que soy, y ahora me despido.. Ahí tiene mi tarjeta; vivo en la parte soleada, y cuando llueve estoy siempre en casa-. Y la sombra se marchó.</p>
<p>&#8211; ¡Qué cosa más extraña! -dijo el sabio. Transcurrió un año, y la sombra se presentó de nuevo.</p>
<p>&#8211; ¿Qué tal? -preguntó.</p>
<p>&#8211; ¡Ay! -contestó el sabio-. Yo venga escribir acerca de la verdad, la bondad y la belleza, pero nadie me hace caso. Estoy desesperado, pues esto significa mucho para mí.</p>
<p>&#8211; Pues a mí me preocuparía muy poco -dijo la sombra-. Yo engordo, y esto es lo que hay que procurar. Usted no sabe comprender el mundo; caerá enfermo como siga así. Debe viajar. Yo voy a emprender un viaje en verano, ¿quiere acompañarme? Me gustaría tener un compañero. ¿Quiere venir como mi sombra? Tendré mucho gusto en llevarlo; le pagaré los gastos.</p>
<p>&#8211; ¡Va usted demasiado lejos! -dijo el sabio.</p>
<p>&#8211; Depende de como se lo tome -observó la sombra-. Un viaje le haría mucho bien. Si se aviene a ser mi sombra, lo tendrá todo gratis.</p>
<p>&#8211; ¡Basta de locuras! -exclamó el sabio.</p>
<p>&#8211; ¡Pero si el mundo es así -replicó la sombra- y seguirá así! -. Y se marchó. Las cosas le iban mal al sabio; lo perseguían las preocupaciones y los disgustos; y todo lo que escribía sobre la verdad, la bondad y la belleza, era apreciado por la mayoría como las rosas lo son por una vaca. Al fin cayó enfermo.</p>
<p>&#8211; ¡Parece usted una sombra! -decíale la gente; y al oírlo sentía cómo un escalofrío le recorría la espalda.</p>
<p>&#8211; Vaya una temporada a un balneario -le aconsejó la sombra en la siguiente visita-; es su único remedio. En consideración a nuestras antiguas relaciones, lo llevaré conmigo. Le pagaré el viaje, usted escribirá la crónica y me distraerá durante el camino. Pienso ir a tomar las aguas, pues la barba no me crece como debiera, lo cual no deja de ser una enfermedad, pues hay que tener barba. Sea razonable y acepte mi ofrecimiento; viajaremos como compañeros.</p>
<p>Y partieron; la sombra de señor, y el señor de sombra. Iban siempre juntos, en coche, a pie o a caballo, el uno delante y el otro detrás o de lado, según la posición del sol en el cielo. La sombra se las arreglaba para ocupar siempre el lugar de precedencia, y el sabio no dejaba de advertirlo. Era muy bondadoso, dulce y amable, y un día dijo a la sombra:</p>
<p>&#8211; Puesto que somos compañeros de viaje y además crecimos juntos, ¿por qué no nos tuteamos? Sería mucho más cordial. La sombra, que se había convertido en el verdadero señor, replicó:</p>
<p>&#8211; Aprecio la franqueza y la buena intención con que me habla, y yo voy a corresponderle con la misma franqueza y sinceridad. Usted, que es hombre docto, sabe sin duda cuán rara es la Naturaleza. Ciertas personas no pueden tocar papel gris, pues les marea; otras no resisten el ruido de un clavo rascando un cristal. Pues a mí me produce una impresión similar cada vez que lo oigo tratarme de tú; me siento como aplastado contra el suelo, como cuando ocupaba mí antigua posición. Ya ve que se trata de un sentimiento, no de orgullo. No puedo permitir que usted me tutee, pero en cambio yo lo trataré de tú con mucho gusto, con lo cual quedará satisfecha la mitad de su deseo.</p>
<p>Y la sombra se puso a tutear a su ex-señor.</p>
<p>«Realmente, pasa ya de la raya -pensó el sabio- que yo tenga que tratarla de usted y, en cambio, ella me trate a mi de tú». Pero tuvo que resignarse.</p>
<p>Llegaron a un balneario donde había muchos extranjeros, entre ellos una hermosa princesa aquejada de una rara enfermedad: su vista era excesivamente penetrante, lo cual era para inquietar a cualquiera. Enseguida se dio cuenta de que el nuevo huésped era completamente distinto de todos los demás.</p>
<p>&#8211; Dicen que ha venido para que le crezca la barba, pero el verdadero motivo yo lo sé: es que no puede proyectar sombra.</p>
<p>Despertada su curiosidad, procuró entrar enseguida en relación con el recién llegado. Por su calidad de princesa no necesitaba andarse con muchas ceremonias, por lo que, al encontrarse con él en el paseo, le dijo:</p>
<p>&#8211; La enfermedad de usted es que no tiene sombra.</p>
<p>&#8211; ¡Su Alteza Real ha mejorado mucho de su dolencia! -dijo la sombra-. Sé que su mal consiste en tener la visión demasiado aguda, pero observo que se ha curado. El caso es que tengo una sombra que se aparta de lo vulgar. ¿Ve Vuestra Alteza este personaje que me acompaña constantemente? Los demás tienen una sombra ordinaria, pero a mí lo corriente no me gusta. Es frecuente que se vista a los criados con una librea de tela más fina que la que lleva el señor; por la misma razón, he vestido de persona a mi sombra. Fíjese que incluso le he suministrado una sombra propia. Es muy costoso, pero me deleita poseer algo que sea exclusivamente mío. «¿Cómo?», pensó la princesa. «¿Es posible que me haya curado? Este balneario es el mejor de todos. En nuestra época el agua posee virtudes sorprendentes. Pero no me marcharé, pues esto empieza ahora a resultar divertido; este extranjero me gusta. Ojalá no le crezca la barba, pues entonces se marcharía enseguida».</p>
<p>Aquella noche, en el gran salón de fiestas, bailaron la princesa y la sombra. Con ser ella muy ligera, la sombra lo era mucho más; nunca había bailado con una pareja como aquélla. Le dijo de qué país era y resultó que él lo conocía; había estado en él, en ausencia de la princesa. Se había asomado a las ventanas y escudriñado los pisos de arriba y los de abajo; lo vio todo; por eso pudo responder a su interlocutora y darle tales noticias que quedó admirada. Sin duda era el hombre más sabio del mundo entero. Sintió gran respeto por su ciencia, y cuando volvieron a bailar, ella se enamoró; bien lo observó la sombra, pues la princesa lo había atravesado con sus miradas. Bailaron por tercera vez, y ella estuvo a punto de confesárselo; pero logró contenerse prudentemente, pensando en su país, en su reino y en sus numerosos súbditos. «Es un sabio -se dijo-, lo cual está bien; y baila magníficamente, lo cual es otra cualidad. Pero tengo que averiguar si posee conocimientos fundamentales». Y se puso a formularle preguntas dificilísimas, que ella misma no hubiera sabido contestar: la sombra puso una cara muy extraña.</p>
<p>&#8211; ¡Esto usted no lo sabe! -dijo la princesa.</p>
<p>&#8211; Lo aprendí ya siendo niño -respondió la sombra-. Estoy seguro de que incluso mi sombra, que está en la puerta, sería capaz de contestarle.</p>
<p>&#8211; ¡Su sombra! -exclamó la princesa-. ¡Esto sería aún más peregrino!</p>
<p>&#8211; No le aseguro que pueda hacerlo -contestó la sombra pero tengo mis motivos para creerlo. ¡Lleva tantos años siguiéndome y me ha oído tantas veces! Pero permítame que advierta a Vuestra Alteza que su mayor orgullo es el ser tenida por un ser humano. Cuando está de buenas &#8211; y es necesario que esté de buen humor para responder &#8211; ha de ser tratada como una persona.</p>
<p>&#8211; Eso me gusta -dijo la princesa. Y, dirigiéndose al sabio, que permanecía en la puerta, le habló del Sol y de la Luna y de lo que hay en el exterior y el interior del hombre; y a todo le respondió.</p>
<p>«¡Qué hombre tan excepcional debe de ser, para tener una sombra tan erudita! -pensó-. Sería una bendición para mi pueblo que lo erigiese por marido. ¡Lo haré!». Pronto llegaron a un acuerdo la princesa y la sombra. Pero nadie debería saberlo antes del regreso de ella a su patria.</p>
<p>&#8211; ¡Nadie, ni siquiera mi sombra! -insistió ésta, que tenía sus reservas mentales. Y llegaron al país en que reinaba la princesa.</p>
<p>&#8211; Escucha, mi buen amigo -dijo la sombra al sabio-, he llegado al máximo grado de felicidad y poder que puede alcanzar un hombre; voy a hacer por ti algo extraordinario. Vivirás siempre conmigo en palacio, montarás en mi real carroza y dispondrás de cien mil escudos anuales; pero es necesario que dejes que todos te llamen sombra; no debes decir que fuistes un hombre; y una vez al año, cuando yo me siente en el balcón a la vista de la multitud, te echarás a mis pies, como es propio de una sombra. Has de saber que me caso con la hija del Rey; la boda se celebrará esta noche.</p>
<p>&#8211; ¡Alto! Esto es ya demasiado -replicó el sabio-. ¡No quiero y no lo haré! Sería tanto como engañar a todo el país, y a la princesa por añadidura. Lo revelaré todo: que yo soy un ser humano, y tú una sombra, sólo que vestida.</p>
<p>&#8211; Nadie te creerá -dijo la sombra-. Sé razonable o llamo a la guardia.</p>
<p>&#8211; Me voy inmediatamente a ver a la princesa -respondió el sabio.</p>
<p>&#8211; Yo iré primero -dijo la sombra-, y tú irás a la cárcel -. Y así fue, pues los centinelas obedecieron a aquél que, según sabían, se casaría con la hija del Rey.</p>
<p>&#8211; Estás temblando -exclamó la princesa al presentarse la sombra en su habitación-. ¿Te ha ocurrido algo? No vayas a caer enfermo, hoy que ha de celebrarse nuestra boda.</p>
<p>&#8211; ¡Me ha sucedido lo más horrible que quepa imaginar! -dijo la sombra. Figúrate (aunque claro está que al cerebro de una sombra no se le puede pedir gran cosa) que mi sombra se ha vuelto loca. Ha dado en creer que es un hombre y que, ¡fíjate!, la sombra soy yo.</p>
<p>&#8211; ¡Esto es horrible! -dijo la princesa-. ¿La han encerrado?</p>
<p>&#8211; ¡Sí! Y me temo que no sanará nunca.</p>
<p>&#8211; ¡Pobre sombra! -dijo la princesa-, es bien desgraciada. Sería una buena acción liberarla de la poca vida que tiene. Y, pensándolo bien, creo que será necesario acabar con ella sin armar ruido.</p>
<p>&#8211; ¡Es dura cosa! -observó la sombra-, pues siempre fue una fiel servidora -. Y simuló que suspiraba.</p>
<p>&#8211; ¡Qué alma más noble! -dijo la princesa. Aquella noche iluminóse toda la ciudad y fueron disparadas salvas de artillería: ¡bum!; y las tropas presentaron armas. ¡Vaya boda! La princesa y la sombra salieron al balcón para que el pueblo los viese y los aclamase.</p>
<p>El sabio no supo nada de todas aquellas magnificencias: le habían quitado la vida.</p>
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		<title>La vendedora de fósforos</title>
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		<pubDate>Thu, 20 Mar 2025 12:18:23 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.</p>
<p>Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.</p>
<p>La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto.</p>
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		<title>La princesa y el guisante</title>
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		<pubDate>Thu, 20 Mar 2025 12:15:01 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Érase una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero que fuese una princesa de verdad. En su [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Érase una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero que fuese una princesa de verdad. En su busca recorrió todo el mundo, mas siempre había algún pero. Princesas había muchas, mas nunca lograba asegurarse de que lo fueran de veras; cada vez encontraba algo que le parecía sospechoso. Así regresó a su casa muy triste, pues estaba empeñado en encontrar a una princesa auténtica.</p>
<p>Una tarde estalló una terrible tempestad; se sucedían sin interrupción los rayos y los truenos, y llovía a cántaros; era un tiempo espantoso. En éstas llamaron a la puerta de la ciudad, y el anciano Rey acudió a abrir.</p>
<p>Una princesa estaba en la puerta; pero ¡santo Dios, cómo la habían puesto la lluvia y el mal tiempo! El agua le chorreaba por el cabello y los vestidos, se le metía por las cañas de los zapatos y le salía por los tacones; pero ella afirmaba que era una princesa verdadera.</p>
<p>“Pronto lo sabremos”, pensó la vieja Reina, y, sin decir palabra, se fue al dormitorio, levantó la cama y puso un guisante sobre la tela metálica; luego amontonó encima veinte colchones, y encima de éstos, otros tantos edredones.</p>
<p>En esta cama debía dormir la princesa.</p>
<p>Por la mañana le preguntaron qué tal había descansado.</p>
<p>-¡Oh, muy mal! -exclamó-. No he pegado un ojo en toda la noche. ¡Sabe Dios lo que habría en la cama! ¡Era algo tan duro, que tengo el cuerpo lleno de cardenales! ¡Horrible!.</p>
<p>Entonces vieron que era una princesa de verdad, puesto que, a pesar de los veinte colchones y los veinte edredones, había sentido el guisante. Nadie, sino una verdadera princesa, podía ser tan sensible.</p>
<p>El príncipe la tomó por esposa, pues se había convencido de que se casaba con una princesa hecha y derecha; y el guisante pasó al museo, donde puede verse todavía, si nadie se lo ha llevado.</p>
<p>Esto sí que es una historia, ¿verdad?</p>
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