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		<title>Una mujer amaestrada</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Apr 2025 21:44:10 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Hoy me detuve a contemplar este curioso espectáculo: en una plaza de las afueras, un saltimbanqui polvoriento exhibía una mujer [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy me detuve a contemplar este curioso espectáculo: en una plaza de las afueras, un saltimbanqui polvoriento exhibía una mujer amaestrada. Aunque la función se daba a ras del suelo y en plena calle, el hombre concedía la mayor importancia al círculo de tiza previamente trazado, según él, con permiso de las autoridades.</p>
<p>Una y otra vez hizo retroceder a los espectadores que rebasaban los límites de esa pista improvisada. La cadena que iba de su mano izquierda al cuello de la mujer, no pasaba de ser un símbolo, ya que el menor esfuerzo habría bastado para romperla.</p>
<p>Mucho más impresionante resultaba el látigo de seda floja que el saltimbanqui sacudía por los aires, orgulloso, pero sin lograr un chasquido.</p>
<p>Un pequeño monstruo de edad indefinida completaba el elenco. Golpeando su tamboril daba fondo musical a los actos de la mujer, que se reducían a caminar en posición erecta, a salvar algunos obstáculos de papel y a resolver cuestiones de aritmética elemental. Cada vez que una moneda rodaba por el suelo, había un breve paréntesis teatral a cargo del público. «¡Besos!», ordenaba el saltimbanqui. «No. A ése no. Al caballero que arrojó la moneda.»</p>
<p>La mujer no acertaba, y una media docena de individuos se dejaba besar, con los pelos de punta, entre risas y aplausos. Un guardia se acercó diciendo que aquello estaba prohibido. El domador le tendió un papel mugriento con sellos oficiales, y el policía se fue malhumorado, encogiéndose de hombros.</p>
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		<title>La mígala</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Apr 2025 21:04:40 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[La mígala(*) discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye. El día en que Beatriz y [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>La mígala(*) discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.</p>
<p>El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.</p>
<p>Unos días más tarde volví para comprar la mígala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.</p>
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		<title>Eva</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminaudiolibros]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 09 Apr 2025 20:57:04 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Él la perseguía a través de la biblioteca entre mesas, sillas y facistoles. Ella se escapaba hablando de los derechos [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Él la perseguía a través de la biblioteca entre mesas, sillas y facistoles. Ella se escapaba hablando de los derechos de la mujer, infinitamente violados. Cinco mil años absurdos los separaban. Durante cinco mil años ella había sido inexorablemente vejada, postergada, reducida a la esclavitud. Él trataba de justificarse por medio de una rápida y fragmentaria alabanza personal, dicha con frases entrecortadas y trémulos ademanes.</p>
<p>En vano buscaba él los textos que podían dar apoyo a sus teorías. La biblioteca, especializada en literatura española de los siglos XVI y XVII, era un dilatado arsenal enemigo, que glosaba el concepto del honor y algunas atrocidades por el estilo.</p>
<p>El joven citaba infatigablemente a J. J. Bachofen, el sabio que todas las mujeres debían leer, porque les ha devuelto la grandeza de su papel en la prehistoria. Si sus libros hubieran estado a mano, él habría puesto a la muchacha ante el cuadro de aquella civilización oscura, regida por la mujer cuando la tierra tenía en todas partes una recóndita humedad de entraña y el hombre trataba de alzarse de ella en palafitos.</p>
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		<title>El guardagujas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminaudiolibros]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 09 Apr 2025 20:51:07 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.</p>
<p>Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:</p>
<p>-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?</p>
<p>-¿Lleva usted poco tiempo en este país?</p>
<p>-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.</p>
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		<title>El discípulo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminaudiolibros]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 09 Apr 2025 20:25:31 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[De raso negro, bordeada de armiño y con gruesos alamares de plata y de ébano, la gorra de Andrés Salaino [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>De raso negro, bordeada de armiño y con gruesos alamares de plata y de ébano, la gorra de Andrés Salaino es la más hermosa que he visto. El maestro la compró a un mercader veneciano y es realmente digna de un príncipe. Para no ofenderme, se detuvo al pasar por el Mercado Viejo y eligió este bonete de fieltro gris. Luego, queriendo celebrar el estreno nos puso de modelo el uno al otro.</p>
<p>Dominado mi resentimiento, dibujé una cabeza de Salaino, lo mejor que ha salido de mi mano. Andrés aparece tocado con su hermosa gorra, y con el gesto altanero que pasea por las calles de Florencia, creyéndose a los dieciocho años un maestro de la pintura. A su vez, Salaino me retrató con el ridículo bonete y con el aire de un campesino recién llegado de San Sepolcro. El maestro celebró alegremente nuestra labor, y él mismo sintió ganas de dibujar. Decía: «Salaino sabe reírse y no ha caído en la trampa». Y luego, dirigiéndose a mí: «Tú sigues creyendo en la belleza. Muy caro lo pagarás. No falta en tu dibujo una línea, pero sobran muchas. Traedme un cartón. Os enseñaré cómo se destruye la belleza».</p>
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		<title>Baby H.P.</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminaudiolibros]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 09 Apr 2025 20:01:13 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Señora ama de casa: convierta usted en fuerza motriz la vitalidad de sus niños. Ya tenemos a la venta el [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Señora ama de casa: convierta usted en fuerza motriz la vitalidad de sus niños. Ya tenemos a la venta el maravilloso Baby H.P., un aparato que está llamado a revolucionar la economía hogareña.</p>
<p>El Baby H.P. es una estructura de metal muy resistente y ligera que se adapta con perfección al delicado cuerpo infantil, mediante cómodos cinturones, pulseras, anillos y broches. Las ramificaciones de este esqueleto suplementario recogen cada uno de los movimientos del niño, haciéndolos converger en una botellita de Leyden que puede colocarse en la espalda o en el pecho, según necesidad. Una aguja indicadora señala el momento en que la botella está llena. Entonces usted, señora, debe desprenderla y enchufarla en un depósito especial, para que se descargue automáticamente. Este depósito puede colocarse en cualquier rincón de la casa, y representa una preciosa alcancía de electricidad disponible en todo momento para fines de alumbrado y calefacción, así como para impulsar alguno de los innumerables artefactos que invaden ahora los hogares.</p>
<p>De hoy en adelante usted verá con otros ojos el agobiante ajetreo de sus hijos. Y ni siquiera perderá la paciencia ante una rabieta convulsiva, pensando en que es una fuente generosa de energía. El pataleo de un niño de pecho durante las veinticuatro horas del día se transforma, gracias al Baby H.P., en unos inútiles segundos de tromba licuadora, o en quince minutos de música radiofónica.</p>
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		<title>Anuncio</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Apr 2025 19:55:55 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Dondequiera que la presencia de la mujer es difícil, onerosa o perjudicial, ya sea en la alcoba del soltero, ya [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Dondequiera que la presencia de la mujer es difícil, onerosa o perjudicial, ya sea en la alcoba del soltero, ya en el campo de concentración, el empleo de Plastisex©, es sumamente recomendable. El ejército y la marina, así como algunos directores de establecimientos penales y docentes, proporcionan a los reclusos el servicio de estas atractivas e higiénicas criaturas.</p>
<p>Ahora nos dirigimos a usted, dichoso o desafortunado en el amor. Le proponemos la mujer que ha soñado toda la vida: se maneja por medio de controles automáticos y está hecha de materiales sintéticos que reproducen a voluntad las características más superficiales o recónditas de la belleza femenina. Alta y delgada, menuda y redonda, rubia o morena, pelirroja o platinada: todas están en el mercado. Ponemos a su disposición un ejército de artistas plásticos, expertos en la cultura y el diseño, la pintura y el dibujo; hábiles artesanos del moldeado y el vaciado; técnicos en cibernética y electrónica, pueden desatar para usted una momia de la decimoctava dinastía o sacarle de la tina a la más rutilante estrella de cine, salpicada todavía por el agua y las sales del baño matinal.</p>
<p>Tenemos listas para ser enviadas todas las bellezas famosas del pasado y del presente, pero atendemos cualquier solicitud y fabricamos modelos especiales. Si los encantos de Madame Recamier no le bastan para olvidar a la que lo dejó plantado, envíenos fotografías, documentos, medidas, prendas de vestir y descripciones entusiastas. Ella quedará a sus órdenes mediante un tablero de controles no más difícil de manejar que los botones de un televisor.</p>
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		<title>El leve Pedro</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminaudiolibros]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 26 Mar 2025 22:12:34 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Durante dos meses se asomó a la muerte. El médico refunfuñaba que la enfermedad de Pedro era nueva, que no [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Durante dos meses se asomó a la muerte. El médico refunfuñaba que la enfermedad de Pedro era nueva, que no había modo de tratarse y que él no sabía qué hacer… Por suerte el enfermo, solito, se fue curando. No había perdido su buen humor, su oronda calma provinciana. Demasiado flaco y eso era todo. Pero al levantarse después de varias semanas de convalecencia se sintió sin peso.</p>
<p>-Oye -dijo a su mujer- me siento bien pero ¡no sé!, el cuerpo me parece… ausente. Estoy como si mis envolturas fueran a desprenderse dejándome el alma desnuda</p>
<p>-Languideces -le respondió su mujer.</p>
<p>-Tal vez.</p>
<p>Siguió recobrándose. Ya paseaba por el caserón, atendía el hambre de las gallinas y de los cerdos, dio una mano de pintura verde a la pajarera bulliciosa y aun se animó a hachar la leña y llevarla en carretilla hasta el galpón.</p>
<p>Según pasaban los días las carnes de Pedro perdían densidad. Algo muy raro le iba minando, socavando, vaciando el cuerpo. Se sentía con una ingravidez portentosa. Era la ingravidez de la chispa, de la burbuja y del globo. Le costaba muy poco saltar limpiamente la verja, trepar las escaleras de cinco en cinco, coger de un brinco la manzana alta.</p>
<p>-Te has mejorado tanto -observaba su mujer- que pareces un chiquillo acróbata.</p>
<p>Una mañana Pedro se asustó. Hasta entonces su agilidad le había preocupado, pero todo ocurría como Dios manda. Era extraordinario que, sin proponérselo, convirtiera la marcha de los humanos en una triunfal carrera en volandas sobre la quinta. Era extraordinario pero no milagroso. Lo milagroso apareció esa mañana.</p>
<p>Muy temprano fue al potrero. Caminaba con pasos contenidos porque ya sabía que en cuanto taconeara iría dando botes por el corral. Arremangó la camisa, acomodó un tronco, tomó el hacha y asestó el primer golpe. Entonces, rechazado por el impulso de su propio hachazo, Pedro levantó vuelo.</p>
<p>Prendido todavía del hacha, quedó un instante en suspensión levitando allá, a la altura de los techos; y luego bajó lentamente, bajó como un tenue vilano de cardo.</p>
<p>Acudió su mujer cuando Pedro ya había descendido y, con una palidez de muerte, temblaba agarrado a un rollizo tronco.</p>
<p>-¡Hebe! ¡Casi me caigo al cielo!</p>
<p>-Tonterías. No puedes caerte al cielo. Nadie se cae al cielo. ¿Qué te ha pasado?</p>
<p>Pedro explicó la cosa a su mujer y ésta, sin asombro, le convino:</p>
<p>-Te sucede por hacerte el acróbata. Ya te lo he prevenido. El día menos pensado te desnucarás en una de tus piruetas.</p>
<p>-¡No, no! -insistió Pedro-. Ahora es diferente. Me resbalé. El cielo es un precipicio, Hebe.</p>
<p>Pedro soltó el tronco que lo anclaba pero se asió fuertemente a su mujer. Así abrazados volvieron a la casa.</p>
<p>-¡Hombre! -le dijo Hebe, que sentía el cuerpo de su marido pegado al suyo como el de un animal extrañamente joven y salvaje, con ansias de huir-. ¡Hombre, déjate de hacer fuerza, que me arrastras! Das unas zancadas como si quisieras echarte a volar.</p>
<p>-¿Has visto, has visto? Algo horrible me está amenazando, Hebe. Un esguince, y ya comienza la ascensión.</p>
<p>Esa tarde, Pedro, que estaba apoltronado en el patio leyendo las historietas del periódico, se rió convulsivamente, y con la propulsión de ese motor alegre fue elevándose como un ludión, como un buzo que se quita las suelas. La risa se trocó en terror y Hebe acudió otra vez a las voces de su marido. Alcanzó a agarrarle los pantalones y lo atrajo a la tierra. Ya no había duda. Hebe le llenó los bolsillos con grandes tuercas, caños de plomo y piedras; y estos pesos por el momento dieron a su cuerpo la solidez necesaria para tranquear por la galería y empinarse por la escalera de su cuarto. Lo difícil fue desvestirlo. Cuando Hebe le quitó los hierros y el plomo, Pedro, fluctuante sobre las sábanas, se entrelazó con los barrotes de la cama y le advirtió:</p>
<p>-¡Cuidado, Hebe! Vamos a hacerlo despacio porque no quiero dormir en el techo.</p>
<p>-Mañana mismo llamaremos al médico.</p>
<p>-Si consigo estarme quieto no me ocurrirá nada. Solamente cuando me agito me hago aeronauta.</p>
<p>Con mil precauciones pudo acostarse y se sintió seguro.</p>
<p>-¿Tienes ganas de subir?</p>
<p>-No. Estoy bien.</p>
<p>Se dieron las buenas noches y Hebe apagó la luz.</p>
<p>Al otro día cuando Hebe despegó los ojos vio a Pedro durmiendo como un bendito, con la cara pegada al techo.</p>
<p>Parecía un globo escapado de las manos de un niño.</p>
<p>-¡Pedro, Pedro! -gritó aterrorizada.</p>
<p>Al fin Pedro despertó, dolorido por el estrujón de varias horas contra el cielo raso. ¡Qué espanto! Trató de saltar al revés, de caer para arriba, de subir para abajo. Pero el techo lo succionaba como succionaba el suelo a Hebe.</p>
<p>-Tendrás que atarme de una pierna y amarrarme al ropero hasta que llames al doctor y vea qué pasa.</p>
<p>Hebe buscó una cuerda y una escalera, ató un pie a su marido y se puso a tirar con todo el ánimo. El cuerpo adosado al techo se removió como un lento dirigible.</p>
<p>Aterrizaba.</p>
<p>En eso se coló por la puerta un correntón de aire que ladeó la leve corporeidad de Pedro y, como a una pluma, la sopló por la ventana abierta. Ocurrió en un segundo. Hebe lanzó un grito y la cuerda se le desvaneció, subía por el aire inocente de la mañana, subía en suave contoneo como un globo de color fugitivo en un día de fiesta, perdido para siempre, en viaje al infinito. Se hizo un punto y luego nada.</p>
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		<title>Hasta que lleguen las doce</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Mar 2025 21:28:40 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[A las doce menos cuarto del mediodía de ayer se derrumbó una casa en construcción. (De los periódicos) Hacía daño [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>A las doce menos cuarto del mediodía de ayer se derrumbó una casa en construcción.<br />
(De los periódicos)</p>
<p>Hacía daño respirar. Las sirenas de las fábricas se clavaban en el costado blanco de la mañana. Pasaron hacia los vertederos los carros de la basura. Pedro Sánchez se sopló los dedos.</p>
<p>Despertó Antonia Puerto; lloraba el pequeño. Antonia abrió la ventana un poquito y entró el frío como un pájaro, dando vueltas a la habitación. Tosió el pequeño. Antonia cerró y el frío se fue haciendo chiquito, hasta desaparecer. También se despertó Juan, con ojos de liebre asustada; dio una vuelta en la cama y desveló a su hermano mayor.</p>
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