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		<title>El loro antillano</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Mar 2025 21:22:58 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Doña Frasquita acababa de cumplir los sesenta y dos. Era pomposa, rubiales, dada a las novelas radiofónicas y tenía un corazón caritativo y tiernucho. Se pintaba llamativamente, asistía a los estrenos de teatro para aplaudir como una loca, y conservaba las buenas maneras en la mesa y en el juego del julepe con sus amigas. Jugaban fuerte y apasionadamente, pero sólo las tardes de los sábados y las de los domingos.</p>
<p>El estanco le daba su dinerillo y no tenía quebraderos de cabeza ni cocido un día sí y otro no, ni apremios del casero. Todo el mundo la quería: su peluquera se hacía lenguas de ella, sus clientes alababan su cortesía y su agradable charlar sobre el tiempo y sobre las cosas de la vida. Además, la política le importaba un rábano, porque era mujer de orden y de desfiles.</p>
<p>A doña Frasquita le asustó el que le regalaran un loro. Poseía una idea tópica de los loros. Estaba en la creencia de que aparte de los gritos patrióticos de los tales animalejos, el lenguaje que usaban era sucio, era &#8211; según ella &#8211; de carreteros. Por eso anduvo remisa al aceptarlo, no fuera que le saliera la criada respondona y tuviera que regalar el regalo, cosa que no se debe hacer. Pero tanto insistieron, que, por no hacer un desprecio, lo aceptó. El loro pasó a ser de doña Frasquita: y doña Frasquita, que debía tener gato, pero que tenía tortuga, depositó todo su cariño vacío de solterona en él.</p>
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		<title>El fantasma de Treviño</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Mar 2025 21:17:38 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Treviño limita: al Norte, con el asfalto, la erre y la zeta; al Sur, con el verano, los tiros sueltos [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Treviño limita: al Norte, con el asfalto, la erre y la zeta; al Sur, con el verano, los tiros sueltos de las escopetas y las canciones obscenas; al Este, con el rumor azul de las esquilas y un sol taladrado de cuervos; al Oeste, con la primera manzana amarga y el primer sapito de San Juan.</p>
<p>Entre estos cuatro límites de cuento pequeño, vivió La Brígida. Vivió mendicando patatas, rastrojeando el campo y durmiendo bajo el patronazgo de la zagalada. La Brígida, en tanto fue carne mortal, llevaba los años como los piojos, con desparpajo y sin trascendencia. Siempre fue pobre y nunca honrada, por lo que le tocaba andar, ahora, de alma en pena. Fue fea sin consolación y amargaba su charla como los arañes verdes. Se rió de su sombra; ignoró su nacimiento; se bachilleró en leyes de tanto pisar el Juzgado, y se le concedió título por la mismísima razón. De joven estuvo con los gitanos y luego de querindonga de un maese Guasón, que le pegaba para divertirse contándole los cardenales.</p>
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