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		<title>Adentro</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Carlos]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 22 Jul 2025 10:00:04 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[«La verdad, habríame descorazonado tu carta, haciéndome temer por tu porvenir, que es todo tu tesoro, si no creyese firmemente [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>«La verdad, habríame descorazonado tu carta, haciéndome temer por tu porvenir, que es todo tu tesoro, si no creyese firmemente que esos arrechuchos de desaliento suelen ser pasaderos, y no más que síntoma de la conciencia que de la propia nada radical se tiene, conciencia de que se cobra nuevas fuerzas para aspirar a serlo todo. No llegará muy lejos, de seguro, quien nunca sienta cansancio.</em></p>
<p><em>De esa conciencia de tu poquedad recogerás arrestos para tender a serlo todo. Arranca como de principio de tu vida interior del reconocimiento, con pureza de intención, de tu pobreza cardinal de espíritu, de tu miseria, y aspira a lo absoluto si en el relativo quieres progresar.</em></p>
<p><em>No temo por ti. Sé que te volverán los generosos arranques y las altas ambiciones, y de ello me felicito y te felicito.</em></p>
<p><em>Me felicito y te felicito por ello, sí, porque una de las cosas que a peor traer nos traen -en España sobre todo- es la sobra de codicia unida a la falta de ambición. ¡Si pusiéramos en subir más alto el ahínco que en no caer ponemos, y en adquirir más tanto mayor cuidado que en conservar el peculio que heredamos! Por cavar en tierra y esconder en ella el solo talento que se nos dio, temerosos del Señor que donde no sembró siega y donde no esparció recoge, se nos quitará ese único nuestro talento, para dárselo al que recibió más y supo acrecentarlos, porque «al que tuviere le será dado y tendrá aún más, y al que no tuviere, hasta lo que tiene le será quitado» (Mat., XXV). No seas avaro, no dejes que la codicia ahogue a la ambición en ti; vale más que en tu ansia por perseguir a cien pájaros que vuelan te broten alas, que no el que estés en tierra con tu único pájaro en mano. (&#8230;)»</em></p>
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		<title>Médium</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminaudiolibros]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 18 Apr 2025 20:55:58 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Soy un hombre intranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Soy un hombre intranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He analizado todo, he profundizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía.</p>
<p>Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado; pero debo soñar; no comprendo por qué se me figura que debo soñar. A no ser que esté soñando ahora cuando hablo; pero duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.</p>
<p>La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una cosa gris que se agita con ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro.</p>
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		<title>Marichu</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminaudiolibros]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 18 Apr 2025 20:50:04 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>La noticia corrió de boca en boca. Marichu, la mujer del caserío Aitola, tenía una enfermedad rarísima, que se le había presentado dos o tres semanas después del parto. Tan pronto comenzaba a reír con estridentes carcajadas, como lloraba amargamente y prorrumpía en desgarradoras quejas.</p>
<p>Corrieron los rumores de que tenía los demonios en el cuerpo, y se dijo también que un hombre misterioso, al pasar junto al caserío de Marichu, y al mirar a ésta, le había hecho mal de ojo.</p>
<p>La curiosidad de los labradores vecinos estaba excitadísima, las conversaciones abundaban; unos opinaban que lo mejor era avisar al cura, otros creían más lógico el llamar a una vieja gitana, medio mendiga y medio bruja, que tenía fama de curar el mal de ojo a las personas y a los animales.</p>
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		<title>Mari Belcha</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminaudiolibros]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 18 Apr 2025 20:34:21 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Cuando te quedas sola a la puerta del negro caserío con tu hermanillo en brazos, ¿en que piensas, Mari Belcha, [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando te quedas sola a la puerta del negro caserío con tu hermanillo en brazos, ¿en que piensas, Mari Belcha, al mirar los montes lejanos y el cielo pálido?</p>
<p>Te llaman Mari Belcha, María la Negra, porque naciste el día de los Reyes, no por otra cosa; te llaman Mari Belcha, y eres blanca como los corderillos cuando salen del lavadero, y rubia como las mieses doradas del estío…</p>
<p>Cuando voy por delante de tu casa en mi caballo te escondes al verme, te ocultas de mí, del médico viejo que fue el primero en recibirte en sus brazos, en aquella mañana fina en que naciste.</p>
<p>¡Si supieras cómo la recuerdo! Esperábamos en la cocina, al lado de la lumbre. Tu abuela, con las lágrimas en los ojos, calentaba las ropas que habías de vestir y miraba el fuego pensativa; tus tíos, los de Aristondo, hablaban del tiempo y de las cosechas; yo iba a ver a tu madre a cada paso a la alcoba, una alcoba pequeña, de cuyo techo colgaban trenzadas las mazorcas de maíz, y mientras tu madre gemía y el buenazo de José Ramón, tu padre, la cuidaba, yo veía por las ventanas el monte lleno de nieve y las bandadas de tordos que cruzaban el aire.</p>
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		<title>La sima</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adminaudiolibros]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 18 Apr 2025 20:18:14 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[El paraje era severo, de adusta severidad. En el término del horizonte, bajo el cielo inflamado por nubes rojas, fundidas [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>El paraje era severo, de adusta severidad. En el término del horizonte, bajo el cielo inflamado por nubes rojas, fundidas por los últimos rayos del sol, se extendía la cadena de montañas de la sierra, como una muralla azuladoplomiza, coronada en la cumbre por ingentes pedruscos y veteada más abajo por blancas estrías de nieve.</p>
<p>El pastor y su nieto apacentaban su rebaño de cabras en el monte, en la cima del alto de las Pedrizas, donde se yergue como gigante centinela de granito el pico de la Corneja. El pastor llevaba anguarina de paño amarillento sobre los hombros, zahones de cuero en las rodillas, una montera de piel de cabra en la cabeza, y en la mano negruzca, como la garra de un águila, sostenía un cayado blanco de espino silvestre. Era hombre tosco y primitivo; sus mejillas, rugosas como la corteza de una vieja encina, estaban en parte cubiertas por la barba naciente no afeitada en varios días, blanquecina y sucia.</p>
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		<title>El trasgo</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Apr 2025 20:14:41 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[El comedor de la venta de Aristondo, sitio en donde nos reuníamos después de cenar, tenía en el pueblo los [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>El comedor de la venta de Aristondo, sitio en donde nos reuníamos después de cenar, tenía en el pueblo los honores de casino. Era una habitación grande, muy larga, separada de la cocina por un tabique, cuya puerta casi nunca se cerraba, lo que permitía llamar a cada paso para pedir café o una copa a la simpática Maintoni, la dueña de la casa, o a sus hijas, dos muchachas a cual más bonitas; una de ellas, seria, abstraída, con esa mirada dulce que da la contemplación del campo; la otra, vivaracha y de mal genio.</p>
<p>Las paredes del cuarto, blanqueadas de cal, tenían por todo adorno varios números de La Lidia, puestos con mucha simetría y sujetos a la pared con tachuelas, que dejaron de ser doradas para quedarse negras y mugrientas.</p>
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		<title>El reloj</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Apr 2025 20:10:57 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Hay en los dominios de la fantasía bellas comarcas en donde los árboles suspiran y los arroyos cristalinos se deslizan [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Hay en los dominios de la fantasía bellas comarcas en donde los árboles suspiran y los arroyos cristalinos se deslizan cantando por entre orillas esmaltadas de flores a perderse en el azul mar. Lejos de estas comarcas, muy lejos de ellas, hay una región terrible y misteriosa en donde los árboles elevan al cielo sus descarnados brazos de espectro y en donde el silencio y la oscuridad proyectan sobre el alma rayos intensos de sombría desolación y de muerte.</p>
<p>Y en lo más siniestro de esa región de sombras, hay un castillo, un castillo negro y grande, con torreones almenados, con su galería ojival ya derruida y un foso lleno de aguas muertas y malsanas.</p>
<p>Yo la conozco, conozco esa región terrible. Una noche, emborrachado por mis tristezas y por el alcohol, iba por el camino tambaleándome como un barco viejo al compás de las notas de una vieja canción marinera. Era una canción la mía en tono menor, canción de pueblo salvaje y primitivo, triste como un canto luterano, canción serena de una amargura grande y sombría, de la amargura de la montaña y del bosque. Y era de noche. De repente, sentí un gran terror. Me encontré junto al castillo, y entré en una sala desierta; un alcotán, con un ala rota, se arrastraba por el suelo.</p>
<p>Desde la ventana se veía la luna, que ilumina a con su luz espectral el campo yerto y desnudo; en los fosos se estremecía el agua intranquila y llena de emanaciones. Arriba, en el cielo, el brillante Arturus resplandecía y titilaba con un parpadeo misterioso y confidencial. En la lejanía las llamas de una hoguera se agitaban con el viento. En el ancho salón, adornado con negras colgaduras, puse mi cama de helechos secos. El salón estaba abandonado; un braserillo, donde ardía un montón de teas, lo iluminaba. Junto a una pared del salón había un reloj gigantesco, alto y estrecho como un ataúd, un reloj de caja negra que en las noches llenas de silencio lanzaba su tictac metálico con la energía de una amenaza.</p>
<p>«¡Ah! Soy feliz -me repetía a mí mismo-. Ya no oigo la odiosa voz humana, nunca, nunca.»</p>
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		<title>Conciencias cansadas</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Apr 2025 19:56:21 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Salí del teatro, disgustado, triste, con el cerebro lleno de ideas negras. Tanta grosería, tanta bestialidad, me molestaban. Me encontré [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Salí del teatro, disgustado, triste, con el cerebro lleno de ideas negras. Tanta grosería, tanta bestialidad, me molestaban. Me encontré en la calle. Era un anochecer de día de fiesta. El cielo estaba plomizo, llovía; como el barro sucio en las aceras, se iban formando en mi espíritu sedimentos de ideas turbias, precipitados negros, tan negros como el cielo y como la noche .</p>
<p>Las tiendas estaban cerradas; los tranvías regresaban hacia la Puerta del Sol, atestados de gente; había esa animación repulsiva del domingo, que tanto nos molesta a los que podemos salir durante toda la semana. Hasta en eso el hombre es egoísta: le desagrada a uno la alegría estrepitosa de la gente de las tiendas y de los almacenes.</p>
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