Audiolibro El Muro
Otro leproso y yo nos arrastramos con precaución hasta el píe del muro, y miramos a lo alto. Desde el sitio donde estábamos no se distinguía su cresta. Elevábase recto y liso, y parecía partir al cielo en dos. Y la mitad de cielo que había de nuestro lado era de un negro de tempestad que se hacía azul obscuro hacia el horizonte, al punto que no se podía ver dónde acababa la tierra sombría y comenzaba el cielo. Ahogada entre la tierra y el cielo, la noche siniestra jadeaba con penosos gemidos sordos, y a cada suspiro expulsaba de su seno una arena incandescente que punzaba y abrasaba nuestras llagas.
—Probemos a escalarlo—me dijo el leproso. Y su voz era tan repugnante y gangosa como la mía. Me presentó la espalda y trepé a ella; pero el muro era lo mismo de alto. De igual modo que partía el cielo, el muro partía también la tierra; alzábase igual que una serpiente bien comida; caía en el precipicio; se elevaba sobre la montaña, y su cabeza y su cola se escondían tras el horizonte.

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