Anoche tomé una decisión irrevocable a causa de los remordimientos que tuve por engañar a E y que me torturaron durante días. Después de extensas meditaciones decidí asesinar a mi conciencia.
El crimen perfecto, una obra maestra, ¿quién buscará a un delincuente de mi especie? Sin cadáver no hay delito. Y en este caso tampoco habrá testigos, dado que cometeré mi acción en lo más apartado del bosque. Además, con cuál legislación juzgarían a un hombre que ha liquidado a su propia conciencia.
La opinión pública tacharía a las autoridades de ridículas, con certeza el tema sería aprovechado por los molestos cazadores de literatura fantástica y yo quedaría libre por falta de pruebas. En otras palabras, nada podrán contra mí. El crimen quedará impune. Y el problema enterrado junto a mi conciencia.
No obstante, hay algo que resolver antes de proceder con lo previsto. Descartado el que la conciencia fuese inmortal, como el alma, la dificultad estriba en que aparezcan los estúpidos escrúpulos para cometer el asesinato; pero, estoy seguro, ellos serán la única y solitaria defensa que pueda esgrimir esta imbécil y pusilánime conciencia que me ha seguido por todo el camino andado, y una vez que la infeliz yazca sin vida, jamás volveré a tener remordimientos o arrepentimientos ridículos, podré actuar libremente al fin y me realizaré a plenitud, seré un hombre cabal, seré Yo. Yo, porque no tendré barreras y en lo sucesivo cometeré acciones de las cuales no me arrepentiré.
Deja un comentario